Volver

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Estrella Morente lo canta y ya ‘Volver’  nunca será un tango, sino un cante flamenco. 

Ocurre con los Morente. Hay grabada una versión del himno de Andalucía cantado por Enrique y Estrella Morente que ya no es una versión del himno sino ‘el’ himno. Cuando entra por tonás y dice que los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos, la voz de Estrella se transforma en el río imparable del tiempo. Una percusión tartésica y el punteo de la guitarra de Diego del Morao acompañarán al que escuche hasta la misma orilla de ese curso imparable del tiempo. Es posible imaginar que lo contemplamos desde un promontorio que bien podría ser la torre almohade de Sevilla, vértice telúrico por excelencia. Desde allí veríamos correr los momentos que arrastran los conceptos y los objetos, las aguas que arrastran la tierra fecunda de las vegas granadinas, la sangre de los ejecutados en la guerra más larga, el sudor de los jornaleros, los gritos sobrios de los liberales, la humillación de los cristianizados a golpes, los astrolabios de Ismael, todos los esplendores de la casa de Nasar, las columnas arrancadas de Medina Azahara, Itálica, Acci, la Bética entera, versos de amor en hexámetros griegos, tintas fenicias y la última barca del último faraón camino del occidente.   

Por invitación del escritor  Juan Bolea me encontré la semana pasada en la feria del libro de Zaragoza. (Esta es la razón por la que falté a mi cita con ustedes el pasado viernes, me temo que el próximo también faltaré, porque presentamos Zawi en Málaga y en Marbella). En aquella ciudad aragonesa (y andalusí) hice la mili, redacté buena parte de mi tesis doctoral, amé a una mujer y viví durante casi un año.  Veinte llevaba sin volver y, como en la letra de Carlos Gardel, cantada ahora por Estrella Morente, yo tenía miedo del “encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida”  y de las noches que “pobladas de recuerdos encadenen mi soñar”.  Pero no estamos en el tiempo, somos tiempo. No vemos pasar el río de la vida, somos el río.  Y las ciudades se parecen tanto a nosotros que les ocurre igual. No es posible volver a Zaragoza, ni bajar dos veces al río Ebro. Somos ese río y todas las ciudades. El miedo es el recuerdo, los recuerdos sueños y los sueños, imago mortis. He vuelto a ver la bruma del río, el calor implacable de las siete y los crepúsculos tristes de la Aljafería. He vuelto a ver a Fernando Lasheras. La he vuelto a ver a ella y me he vuelto a ver a mí. No soy otra cosa que esos miedos, recuerdos y sueños que baraja el tiempo. Volver a Zaragoza no es posible. Escribir esto para  redimirme,  sí.


 

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