Un regalo de cumpleaños para Gabo

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A Gabriel García Márquez no le gusta la expresión “realismo mágico”, acuñada y aplicada a su obra por la crítica francesa. Esta semana, el escritor colombiano ha cumplido los 78 años y yo diría que la historia de la literatura le ha hecho un discreto regalo de cumpleaños. Se trata de la siguiente historia que leo en la edición digital de “El Heraldo de Barranquilla”:



María Catalina Herazo Villadiego y su hermana Ana Catalina nacieron también en 1928 en el municipio de Sincé (Sucre-Colombia). Vivieron una niñez y una juventud inseparable. “Eran muy unidas, se querían demasiado”, dice Narcisa, otra hermana. Cuenta la señora Narcisa, que María Catalina era más acelerada y que, por eso, con Anita se podía hablar mejor. María Catalina se quedó a vivir en su pueblo natal, donde se casó y tuvo cinco hijos. Ana Catalina se estableció en el corregimiento de Baraya, donde también tuvo un hijo. Aunque separadas en el espacio, hace cuarenta años las dos comenzaron a padecer hipertensión al mismo tiempo y cuando una de ellas enfermaba, la otra también recaía. El pasado 28 de febrero, María Catalina fue internada en el hospital de Sincé y Ana Catalina en el de Corozal. A las siete y treinta de la tarde, Ana Catalina murió y cuando sus familiares llamaron por teléfono a Sincé para avisar de la muerte, se enteraron de que María Catalina había muerto a la misma hora. “Se les hizo su voluntad, tal como ellas querían. Eran tan idénticas, que los cajones hubo que marcarlos con sus nombres para no confundirlas”, dice Álvaro, otro de sus hermanos.

En uno de los pasajes más inquietantes de Cien años de soledad se cuenta la historia de los hermanos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. Nacieron gemelos y el día de su bautizo les pusieron esclavas con sus respectivos nombres y los vistieron con ropas de colores distintos marcadas con las iniciales de cada uno, pero cuando empezaron a asistir a la escuela optaron por cambiarse la ropa y las esclavas y por llamarse ellos mismos con los nombres cruzados. Eran tan parecidos y traviesos que ni su propia madre lograba distinguirlos. Hasta el principio de la adolescencia fueron dos mecanismos sincrónicos. Despertaban al mismo tiempo, sufrían los mismos trastornos de salud y hasta soñaban las mismas cosas. Era tan precisa la coordinación de sus movimientos que no parecían dos hermanos sentados el uno frente al otro, sino un artificio de espejos. La bisabuela siempre sospechó que en algún momento de su intrincado juego de confusiones habían cometido un error, y habían quedado cambiados para siempre. Murieron el mismo día y a la misma hora. Los cuerpos fueron puestos en ataúdes iguales, y allí se vio que volvían a ser idénticos en la muerte, como lo fueron hasta la adolescencia. En el tumulto de última hora, los borrachitos tristes que los sacaron de la casa confundieron los ataúdes y los enterraron en tumbas equivocadas.

La segunda historia está escrita casi cuarenta años antes de que ocurriera la primera, y ésta acaso ha ocurrido sólo para que Gabo tenga un argumento más para sostener que el realismo mágico no es tan mágico. ¿Alguien duda todavía de que María Catalina Herazo Villadiego y Ana Catalina Herazo Villadiego estén enterradas en tumbas equivocadas?


 

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