Un país de ciudades

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En su intervención en unas jornadas denominadas Granada en Sevilla, el alcalde Alfredo Sánchez Monteseirín dijo que “es incontestable y me parece que no estaría mal que apareciese en el Estatuto de Autonomía de Andalucía que esta comunidad es un país de ciudades”. Esta es, en efecto, una de las dos características de lo andaluz: la fuerte personalidad de sus ciudades. No es sólo una alta proporción de población urbana -señalada desde Plinio-, sino también la alta capacidad de sus ciudades para proporcionar identidad.

Sevilla es la ciudad donde se quedó la música, en Córdoba los libros. Málaga es fenicia, pero Cádiz es tartésica. En Córdoba se quedó el derecho de los romanos, en Sevilla la alegría de los musulmanes, en Granada la fe de los cristianos. Dicen los almerienses que Almería era Almería, cuando Granada era su alquería. Y es cierto. Granada, como Sevilla y Córdoba, es ciudad histórica, con fecha de fundación; Almería, en cambio como Cádiz o Málaga no fueron fundadas, sino que tienen génesis como el mundo. El puerto de Almería vio llegar la nave de los argonautas, pero los primeros mineros horadaban Huelva. La escuela de Ronda es torista, porque mira al toro; la de Sevilla torerista, porque mira al torero. Antequera, como Sevilla es Roma, barroca y católica; Granada como Ronda es Jerusalén, dura y levítica. De la Ceca a La Meca, pero la ceca es Córdoba, la llana.

Unos andaluces conspiraron en Ronda. El hecho data de 1918. Se trataba de hombres de doce ciudades (las once citadas en este artículo más Ceuta). Tomaron la extraña resolución de ser diferentes en la unidad. Es lo mismo que acordaron las doce tribus de Israel y los doce miembros de la anfictionía de los griegos, cuando llevaron a Delfos el oráculo y el centro. Eran un notario, un farmacéutico, un escribiente, un maestro, un abogado… Tenían diferente hasta la religión: porque había agnósticos, un cura, un espiritista y un converso secreto a la religión cristiana del obispo Arrio. No están claros los nombres de todos, porque no había poetas entre ellos, pero es seguro que uno se llamaba Federico, otro Luis, otro Rafael, otro José Ángel y el más serio Juan Ramón.

Tampoco están claros los límites de Andalucía. Esta es su segunda característica, nunca fue un estado. El flamenco rebasa Murcia, el acento Badajoz. Madrid es una ciudad de hegemonía vasca, pero culturalmente es andaluza. Almanzor nunca abandonó a Ceuta. La Tingitania era provincia goda y Tánger aún nos mira. Toledo, Zaragoza, Lisboa y Valencia fueron Al Ándalus. Por eso son tan distintas de Valladolid, Vitoria, Coimbra y Barcelona, respectivamente.

Añadía el alcalde de Sevilla que lo importante es la ciudad y no el nacionalismo. Tiene razón: Rousseau sólo añadía a su nombre el título de ciudadano de Ginebra. En la ciudad –Monteseirín lo ha declarado con otras palabras- no rige el derecho de la sangre, sino que los ciudadanos por definición son considerados nacidos libres e iguales. Y por eso en Ronda, tras siglos de guerra, los nuestros acordaron la anfictionía de las ciudades, que es la junta de los ciudadanos, las gentes de luz.


 

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