Tres escenas granadinas

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Un coche con matrícula alemana sube muy despacio por la Carrera del Darro. Son las cinco de la tarde, es sábado y cientos de paseantes disfrutan del paseo en tarde soleada. La luz vespertina de diciembre crea una gama impresionante de colores sobre el río. El puente roto saca toda su magia y la orilla izquierda anuncia que pronto se convertirá en un belén de musgos, sueños y orientes. El conductor del coche alemán y su acompañante que lleva un plano desplegado sobre las rodillas bajan la cabeza para ver las torres de la Alhambra. El gesto del turista es inconfundible: sonríe a los paseantes como pidiendo disculpas por molestarlos. No sabe cómo ha llegado hasta allí, está perdido y está convencido de que ha invadido una zona peatonal. Está avergonzado. Un taxista se coloca detrás de él y comienza a abocinarlo: va demasiado despacio. Una moto lo rebasa con estruendo.

Segunda escena: bajo por la Carrera del Darro. Un Audi 4 con matrícula de Granada invade la acera -por llamarla de alguna manera- y se detiene justo delante de mí. El conductor me mira con absoluta tranquilidad piensa que voy a bajarme de la acera y a continuar mi paseo por la calzada. Es lo que hago, pero no puedo evitar la mirada despectiva hacia un señor que espera la mirada de complicidad porque piensa que lo distinguido es el abrigo de pieles de su esposa y el coche que conduce. Un señor que no comprende que degrada, desvaloriza y arruina a una ciudad como Granada que pudo haber sido como Venecia, que es pobre como toda Andalucía y que se permite dilapidar su principal fuente de riqueza económica -el patrimonio histórico y artístico- para que él aparque cien metros más cerca.

Tercera escena: paso por Reyes Católicos, los turistas madrileños de puente se amontonan en torno a las pilonas instaladas por el Ayuntamiento para restringir el acceso de vehículos privados al Albayzín. Un coche, matrícula de Madrid, ha intentado pasar tras el autobús y ha recibido un golpe formidable en los fondos. El público, casi todo el público, está indignado. “Esto es de juzgado de guardia” –dice un hombre de acento madrileño–. “Esto es culpa del César” –informa a un madrileño una señora que tiene pinta de no haber conducido un vehículo desde que abandonó el triciclo allá por los años treinta y que no se refiere al emperador de Roma, como piensa el madrileño, sino al que fuera concejal delegado de tráfico, César Díaz–. “Esto es inconstitucional” –brama un comerciante de la zona–. “¡Que lástima de coche!” –exclama un anciano. Me llama la atención que nadie comente si las pilonas sirven o no para la tranquilidad del turista que pasea por el bajo Albayzín o sube a la Alhambra, si las pilonas sirven o no para el bienestar de los residentes, si las pilonas tranquilizan o no a los padres de los niños que juegan en Plaza Nueva… Nadie parece observar tampoco el siguiente dato: para poder ser embestido por las pilonas, el conductor madrileño ha debido saltarse una señal de desvío obligatorio, otra de stop, un cartel informativo de que entra en una zona de acceso restringido y un semáforo en rojo. Los peatones que forman corros en torno a las pilonas y despotrican contra las medidas de restricción del tráfico privado, miran la ciudad a través del parabrisas de un coche con matrícula de Madrid que infringe cuatro normas de tráfico en un instante. Granada merece otra mirada. ¿O no?


 

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