Toma que toma

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El caso es que como cada año los granadinos nos peleamos y el asunto se queda planteado así:  1) la reina Isabel expulsó a los moros y trajo la Cristiandad a estas tierras. La Cristiandad es la Modernidad; la Modernidad es la Ilustración; la Ilustración, la democracia. Conclusión: sin la toma de Granada viviríamos en la barbarie. Barbarie es lo que queremos los abolicionistas de la fiesta de la Toma.

Y ahora al revés: 2) el reino de Granada se integró mediante tratado internacional en la corona de Castilla. Años después, la corona de Castilla incumplió lo que había capitulado y comenzó un proceso de persecución y genocidio cultural de los granadinos (no de los moros, ni siquiera de los musulmanes, porque ya eran cristianos). La Cristiandad perdura en la Modernidad, pero no es moderna más bien lo contrario. La Modernidad contiene a la Ilustración, pero también al estado absoluto, que es el que se constituyó tras la entrega de Granada. Las fiestas de la Toma no son una tradición ancestral, sino una innovación de 1979. No es que no existieran antes, es que el primer ayuntamiento democrático se equivocó al no apreciar la confrontación entre la Constitución y la conmemoración de los que tomaron, con exclusión de los que entregaron.

Estas son las posturas en lo básico, pero tienen ramificaciones. De las que me afectan, las que más me duelen son las que me mandan a Marruecos (¿recuerdan lo de “rojos a Moscú”?), las que me llaman defensor de la lapidación y del burka y, acaso con más acierto, las que me acusan de ignorante y cínico (esto último es lo más bonito que me han dicho).

Hace unos años, refiriéndose a los detractores de la Toma, el alcalde Díaz Berbel dijo que el que quisiera ponerse el turbante que se fuera a la Cabalgata de Reyes. Carlos Cano le respondió con una canción: y yo tan campante con mi turbante en mi elefante… Yo no tengo tanto humor.

Es sólo que mis dioses, cuyo nombre ignoro, no me permiten pensar con el binomio Cristiandad/Islam. Mis convicciones éticas y políticas cuyo nombre sí puedo expresar (republicanismo kantiano, es decir, más individualismo que estatalismo, más libertario que igualitario, más sociedad que estado, más andaluz que español…) me llevan a pensar con otros binomios: por ejemplo democracia/absolutismo o libertad/vasallaje. Y no puedo admitir la mezcla: la Cristiandad no cae del lado de la libertad y la democracia, ni el Islam del lado del absolutismo y el vasallaje. El laicismo, herencia de la Ilustración, no es ateísmo, es separación de la esfera pública y de la religiosa.

No me produce ninguna incomodidad la imagen de un ciudadano orando en una iglesia o en una sinagoga o en una mezquita. Me pondría delante del que intentara quemar un templo. Pero, por las mismas razones, no soporto la imagen de un jefe de estado constitucional arrodillado ante un cardenal, ni la de un concejal democrático asistiendo como tal a una misa y tremolando un pendón ante la tumba de unos monarcas absolutistas.

Esto es lo que tiene de sucio el 2 de enero. Esto y que nos divide. La fiesta -dicen los antropólogos- disuelve al individuo en la colectividad. El 2 de enero no integra, excluye. Es la antifiesta.

Así que, por favor, no nos hagan súbditos saudíes sólo por pretender una fiesta para nuestra ciudad tan limpia y democrática como el 6 de diciembre para España o el 28 de febrero para Andalucía.

Y ya me callo hasta el año que viene o hasta que hable el arzobispo.


 

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