Tiempo de verano, tiempo de pastillas

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Por las mañanas de este verano suelo salir en bicicleta y voy descubriendo ecocidios. Llego hasta la presa de Canales y me pregunto si de verdad alguien sigue creyendo que se puede interrumpir el curso de un río con una pared de hormigón.

Veo una casa con tejado de uralita semicubierta por la maleza, y me pregunto si de verdad los propietarios esperan la complicidad de los paseantes.

Veo las urbanizaciones avanzando, llevándose el bosque de ribera y me pregunto quién vivirá ahí, dentro de cuánto tiempo y a qué precio.

Bebo agua con mis niños en la Fuente de la Bicha y me quedo preocupado…

A veces, sobre las aguas del río se ven manchas de extraños productos. A veces, en un recodo cualquiera hay madejas sucias como de química mala.

No todo es terrible. El verano tiene una belleza impresionante. Desde el crepúsculo de la noche hasta el crepúsculo del día la naturaleza está despierta.

Apenas el sol sube, todo duerme, sólo se oyen las chicharras y el paisaje humano: el corredor de fondo solitario, el agricultor que evalúa la sequía, el niño madrugador que baja al supermercado del pueblo a por la leche del desayuno, los excursionistas maduros que evocan los tiempos del tranvía…

Al pasar el otro día por Pinos Genil, un pueblo de montaña, entré al supermercado para comprar agua. Una señora mayor hablaba con la chica de la caja.

-Esta noche -decía- parece que ha hecho menos calor. Te digo que ‘parece’ porque con las pastillas ya ni hay calor, ni hay noches, ni hay ná.

-¿Es que toma usted pastillas para dormir? -le preguntó la chica del supermercado.

-No -dijo la anciana-. Tomo pastillas pa lo mío, lo que pasa es que me atontan.

A veces en las palabras de los humanos hallamos la explicación de lo que ocurre en la naturaleza. Si no hay insomnio ni sudor, no hay noches de calor.

Si no hay noches de calor, no hay noches frías.

Si no hay noches frías no hay invierno.

Si no hay invierno, no hay verano.

Si no hay verano, la vida carece de sentido.

Las madejas químicas del río, son los fármacos anudados en los surcos de nuestro cerebro.

El retorno de los veranos grandes pasa por la ecología de la mente.


 

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