Se llamaba Alzheimer

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Deben de ser los cuarenta o los efectos de la mala vida sobre las neuronas. El caso es que a medida que pasan los años algunas palabras se van borrando y otras, en cambio, cobran nuevos sentidos. Un día estás en clase y comentas, por ejemplo, el tratamiento de los prisioneros en la base de Guantánamo. De pronto aparece la ceguera blanca, y ya no recuerdas el nombre del penalista alemán cuyos trabajos fundamentan los tratos inhumanos. Entonces pides perdón por la laguna y preguntas si alguien se acuerda. Ningún alumno sabrá quién es ese penalista alemán, pero algunas sonrisas cáusticas te apuntan un nombre: se llamaba Alzheimer.



En la edad tardía si entras distraído en unos grandes almacenes, tendrás que leer los rótulos que hay sobre los mostradores para recordar que los retales se llaman retales, los pantalones, pantalones y las tostadoras, tostadoras. Como cuando a Macondo llegó la peste del olvido y tuvieron que rotular todas las cosas, y colocar en la iglesia una pancarta que dijese: Dios existe. Pero también en la edad tardía cada palabra abre una cadena imparable de significados: así los retales no serán trozos de tela con precio de saldo, sino retales del alma.

Y si preguntas por los perfumes y te dicen que están en la planta baja, comienzan a desfilar por tu cabeza las imágenes del Planta Baja cuando estaba en otra calle y tenía azulejos valencianos. Y cuando llegas a la planta baja y ves los botes de perfume, ya te da igual cómo huelan porque comienzan a desfilar por tu vida todos los botes de colonia que has usado, y comienzas a oler el perfume de la traición, y de repente cobra sentido el primer párrafo anodino y cortés de una carta que recibiste hace quince años y que, comprendes ahora, te anunciaba la peor traición de tu vida.

Y la palabra colonia te lleva al museo Ludwig de Colonia y a aquel cuadro de laberintos ante el que pasaste una tarde completa, y a la sospecha de que igual nunca has salido de aquella tela o de que por allí comenzó otra vida que ahora vive otro tipo que lleva tu nombre. Y si alguien te propone quedar un día para tomar un café, comienzan a desfilar por tu cabeza todas las citas de tu vida encubiertas con la palabra café. Y si escuchas la palabra viaje, recuerdas el primero que hiciste al extranjero y aquellos por la provincia, en el asiento de atrás del Seat 600 de tu padre. Y la palabra accidente te estremece, y la palabra avión te pone la piel de gallina.

A partir de una edad variable, abrir una lata de alcachofas es volver a una casa de estudiantes y abrir la misma lata al infinito, y escuchar un instante a alguien que habla en catalán es como una tarde completa de cuando tenías veinte primaveras. Y veinte primaveras es lo que cumpliste el día antes de cumplir los cuarenta veranos, y ya la semana que viene cumplirás los sesenta otoños, y en un par de días los ochenta inviernos y entonces te visitará un alemán cuyo nombre has olvidado y que mezclará en tu disco duro los retales del alma, los perfumes de la traición, los prisioneros de Guantánamo, los cafés de la amistad, los cuadros de los museos y los nombres de todas las cosas que había en Macondo, ciudad a la que llegaste una tarde en el asiento de atrás de un Seat 600 que conducía tu padre.


 

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