Salgo en una novela

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Un día, cenaron en mi casa unos cuantos amigos. Aquella noche, mi mujer no estaba pero, al día siguiente, mi hija la informó con detalle de quiénes habían sido los comensales: le fue diciendo el nombre de cada uno y añadió: “… y también vinieron dos curros”. La explicación era que en aquella cena estaban Curro Garrido y Andrés Sopeña. Como los dos son sabios, tienen barba, hablan de lo que hablan y son como son, mi hija convirtió el nombre propio del que más conocía en nombre común que los designaba a los dos. Pero ahora, desde que Curro es diputado, mi hija lo ve mucho menos y, en cambio, ve más a Andrés. Por eso, hace un par de semanas, cambió el predicado. Aquella tarde, yo había terminado un artículo sobre Julio Anguita.

Si ustedes lo recuerdan, el caorama giraba en torno a una fotografía publicada en La Opinión en la que se veía al doctor García Puche inclinado sobre el hombro de Julio Anguita. Cuando mi hija volvió del colegio, el periódico estaba todavía sobre mi mesa. Le enseñé la foto y le pedí que me la explicara: “Muy fácil: este es un ‘sopeña’ -dijo sin dudar y señalando a Anguita- y este otro -se refería a García Puche- es un señor que se ha dormido en su brazo, porque ‘los sopeñas’ hablan mucho”. Llamé a Andrés y le conté el episodio. Se rió mucho: “menos mal -dijo aliviado- que no ha dicho que soy un ‘zaplana’”.

D’Ors decía que la literatura universal está basada en cinco arquetipos, de los cuales cuatro son de la española (Sancho, don Quijote, don Juan y la Celestina) y uno (Fausto) de la alemana. Mi hija acaba de añadir un sexto que podría llamarse el arquetipo de los sopeñas, los curros o los anguitas, y Andrés un séptimo que podría ser el de los zaplanas, los arenas o los acebes. Tanto d’Ors como mi hija tienen razón: don Eugenio, porque es verdad que los escritores estamos condenados a no salir de los arquetipos y mi niña, porque añade a los cinco universales la posibilidad de muchos más. De alguna forma, todos los escritores somos niños de cinco años, porque convertimos en comunes los nombres propios. Yo retrato a mis amigos en las novelas, pero lo hago con la técnica quirúrgica del doctor Frankestein: es decir, recorto y pego. Así, a la forma divertida de hablar de un amigo al que quiero mucho y que es muy canijo, le pongo el cuerpo grande, severo y duro de otro amigo al que también quiero mucho pero que es un malaje granadino, como él mismo reconoce. Cuando escribo sobre mi amigo Lucas que es un sufridor de amoríos, le pongo cuerpo de mujer y le dejo intacta el alma de Tenorio. Y, si escribo sobre un político socialista, le pongo manos de arzobispo y me queda muy propio. En mi última novela, sin ir más lejos, a un alquimista brujo, andalusí del siglo XI, le he puesto el alma del más cartesiano y racionalista de mis amigos pero, para que nadie lo identifique sin más, le he colocado la dentadura mágica e impecable, blanca y sana hasta lo envidiable, de Mariano Zaro, otro amigo que vive en Los Ángeles.

Hay escritores, sin embargo, que no dudan en sacarte de cuerpo entero. En “Yestergay”, la primera novela de mi amigo Miguel Fernández salíamos Ángeles Martín, Sopeña y yo con nombres y apellidos, aunque integrando una célula maoísta en la transición. Ahora Miguel va a publicar la segunda novela de la serie policiaca de Patricio Población y yo vuelvo a salir aunque me llamo Agrela (como el visir judío de Granada), soy abogado noctámbulo y me ligo a una brasileña, pero que se llama Tina como mi mujer y que es, como ella, cirujana ocupada e imposible de localizar fuera de un quirófano. Además, ¿a que no saben a quién le ha pedido Miguel Fernández que presente el lunes su novela en la feria del libro? Aciertan: a mi mujer y a mí. Así lo haremos, conscientes del riesgo de perdernos en el espejo de la literatura, y de convertirnos en el arquetipo literario que Miguel Fernández nos ha dibujado y que es tan real como nosotros mismos. En concreto, tengo miedo de que un día al despertar mi mujer me llame Samuel y yo le hable a ella en portugués. Por favor, no acudan ustedes en masa a la presentación de la novela que será el lunes en la feria del libro, porque es poco probable que nuestra mutación sea instantánea y en el propio acto. Es más probable que sea paulatina, en un período de tiempo dilatado. Tampoco formen colas en la librería este fin de semana, porque la novela no sale hasta el lunes, y habrá ejemplares suficientes. Se llama “Nunca cuentes nada a nadie”.


 

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