Dios sí que juega a los dados

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Leo que los investigadores físicos ya han logrado transferir propiedades claves de un átomo a otro sin usar ningún vínculo físico, y pienso que si uno fuera capaz de hacer lo mismo con las identidades que ha ido adoptando a lo largo de su vida formaría con ellas una cadena atómica del tamaño del hongo de Hiroshima. 




Lo curioso es que ese hongo sería idéntico al de cualquier coetáneo. Uno tiende a pensar que su vida es única y su experiencia irrepetible, pero no es así. Un mongol de las estepas que viniera sería incapaz de distinguir entre un punki danés y un casetero sevillano, entre Bruselas y Nueva York, Buenos Aires y Madrid, o entre un pijo y un rojo.

Lo que los físicos han logrado es confirmar lo que los psicoanalistas ya sabían: que las identidades son volátiles como el humo atómico.Pero según el estudio del que les hablo, la ‘teletransportación’ podría ser muy valiosa para los ordenadores cuánticos del futuro, que llegarán a usar procesadores más pequeños que un terrón de azúcar. O sea, vamos a ver, que acaban de descubrir la transportación inmaterial y lo que se preguntan a continuación no es quiénes somos o de dónde venimos, sino cuánto van a medir los procesadores de los ordenadores. No me digan que el pragmatismo no tiene algo de envidiable. Durante mil años, se discutió si la electricidad era materia o energía. Llegó Edison, la hizo pasar por un filamento y encendió una bombilla: había descubierto la luz eléctrica gracias a no preguntarse por la naturaleza, sino por la función.

O sea, que mejor no preguntarse todo el día qué somos o de dónde venimos. Mejor imitar a los físicos y preguntarnos tan sólo cómo funcionamos. Conocí a un adolescente que era testigo de Jehová con tal de ser algo. Cuándo le preguntábamos los colegas el porqué de su conversión, él reconocía que no tenía ni idea de las doctrinas de esa Iglesia, pero insistía en que lo importante era ser algo en la vida. Este chico acabó mal. Tanto preguntarse por el ser, por la sustancia y por lo elemental, lo llevaron a descubrir lo que los físicos conocían de otra forma desde comienzos del siglo pasado.

Cuando crees que vas a alcanzar lo indivisible, la unidad, el átomo o la identidad resulta que lo que aparece es algo que, a veces, se comporta como materia, a veces como energía, y lo peor el que lo haga de una forma u otra depende de la mirada del observador. Igual que nosotros, a veces partícula, a veces onda y, lo peor: que eso depende de la mirada del observador.

Los amigos de mi adolescencia que siguieron por el camino de la busca de la propia identidad, por ahí siguen tan felices. Sin llegar a ninguna parte, pero en su camino de certidumbres y sustancias. Tan tajantes ellos, tan seguros de cosas a las que llaman con mayúsculas: el Hombre, la Sociedad, el Estado… Eso los que están vivos, porque algunos otros acabaron por accidente o suicidio apenas descubrieron la cruda realidad de que somos tiempo, o sea un relámpago entre dos oscuridades. Albert Einstein se juramentó contra la hipótesis cuántica más radical: “¡Dios no juega a los dados!” -dejó dicho para la posteridad. “Sí que juega” -le respondió un amigo mío justo antes de morir, hace ahora ocho años.


 

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