Reivindicación de un tranvía parsimonioso

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2004. Cuando el autobús escolar llega a la puerta del colegio, se ve a un niño muy pequeño que baja con el pantalón manchado. Ha vomitado el desayuno. Ha pasado cuarenta y cinco minutos sentado en el microbús para recorrer los dos kilómetros escasos que separan su casa del colegio.

 1968. El colegio comenzaba a las nueve. Nos despertaban a las ocho y cuarto. Con tres cuartos de hora bastaba para el aseo, el desayuno y el traslado. Al salir, nos daban un bocadillo de mortadela Mina, y una peseta para la ida y vuelta en tranvía. Cabía la posibilidad de esquivar al revisor o, para los más atrevidos —entre los que nunca me encontré, pero a los que siempre envidié— de viajar en el enganche trasero y ahorrarse así los dos reales. Por la tarde, cuando terminaban las clases, ya no había que coger el tranvía: nos poníamos los patines y en cinco minutos estábamos en casa, otro bocadillo y a la calle. A veces, en otoño, era preferible quitarse los patines y avanzar por el centro de la avenida amontonando hojas secas.

Han pasado muchos años. La ciudad es la misma y la avenida sigue ahí, aunque la ciudad sigue llamándose Granada y la avenida cambió de nombre cuatro veces en el siglo anterior. También ha cambiado de aspecto: ya no tiene las dos grandes aceras centrales, ya no tiene árboles centenarios, ni tranvía, ni hojas secas. Y tiene, eso sí, seis carriles para los cientos de automóviles privados que la recorren. Unos jardines ridículos sirven para obstaculizar el paso de los peatones. En el tramo central, hay que dar un rodeo de quinientos metros para cruzar de un lado a otro. Los ciudadanos apresurados, en consecuencia, tienden a saltarse las medianas y, de vez en cuando hay un atropello, que siempre es culpa del peatón poco ágil.

El tiempo pasa y las ciudades cambian. Intentaron convencernos de que la tala de los árboles y la ampliación de la calzada era un signo de progreso. No se ha visto nunca a un candidato a la alcaldía proponer la técnicamente muy fácil reposición de la avenida a su estado anterior. Pero el problema no es ése. El problema no es el pasado, ni la nostalgia. Ni siquiera el problema es el presente: si tenemos o no derecho a reconocer los paisajes de nuestra infancia, o si el entubado del río Darro fue progreso o retroceso. El problema es el futuro. Si seguimos así nuestros hijos -los hijos de los que ahora rondamos los cuarenta años- nunca irán patinando al colegio, nunca irán solos al colegio, nunca irán en tranvía.

Puede que los adultos seamos estúpidos por haber consentido que el automóvil privado nos robe la ciudad y el recuerdo de la infancia. Puede que no tengamos derecho ni a quejarnos por haber convertido a Granada en Parla o Albacete con sus circunvalaciones dobles o triples, y sus adosados uniformes. Pero seguro que tampoco tenemos derecho a tratar a nuestros hijos como estúpidos, robándoles hora y media de juego al día, para que viajen en un autobús que huele a vómito. Algo tendremos que hacer para que vuelvan los tranvías a la superficie lenta de las tardes de otoño, y para que lo que se entierre en túneles húmedos sean los coches que nos roban el pasado y no los tranvías, ni los ríos.


 

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