Reivindicación de la epifanía

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Anteayer vi a los tres magos de Oriente desfilando en carroza, con pajes, bandas de música, muñecos de gomaespuma, caramelos y comparsas, por las calles de Linares. A diferencia de la última cabalgata que vi en Granada esta era, por decirlo con pocas palabras, modesta pero cuidadosa y alegre. En Granada -espero que este año haya mejorado- desfilaban los tractores y las furgonetas con publicidad y sin decoración alguna. Todo tenía un aire como polvoriento y grosero.

En la antaño industrial Linares, las comparsas, las bandas de cornetas y tambores, los dragones de papel y los figurantes daban a la cabalgata un aire mestizo y entrañable. Los dragones son chinos, los muñecos de gomaespuma representaban a los Simpson, las bandas de tambores y cornetas tocaban sones cubanos, los atuendos de algunos figurantes eran más de febrero de carnaval que de enero, Baltasar había perdido el betún y más que negro parecía moreno salsero, y sólo se echaron en falta a los romanos de la Semana Santa. Todo daba igual había alegría en los mayores e ilusión en los pequeños.

Y había lo que caracteriza a la Epifanía y lo que la hace superior a la Natividad. La Epifanía es asistir a la fundación de algo y la Natividad es justo el nacimiento de algo. La Natividad sólo puede conmemorarse, de acuerdo con las reglas del nacido o de los progenitores del nacido. La Epifanía se conmemora en cambio con las propias reglas del asistente. Por eso es mestiza y plural. Y, por eso, la tradición popular ha modificado por completo esta fiesta. El capítulo 2, del Evangelio de Mateo contiene casi todo lo que sabemos sobre este asunto: unos magos ven una estrella que anuncia el nacimiento y, siguiéndola se presentan en Jerusalén. ¿Quién ha dicho que fueran tres? ¿Quién ha dicho que fueran reyes? En nuestro imaginario, Melchor es blanco porque representa a la raza indoeuropea y monta a caballo, pero en ese caso llegaría a Belén desde Occidente y no podría ser un mago de Oriente. Gaspar es de pelo castaño y representa a los semitas, de ahí que monte en camello. Y Baltasar es negro y monta en elefante, o sea que llegaría a Belén desde el Sur. Mateo, en cambio, nos informa de que volvieron a su país por otro camino para no tener que informar a Herodes (es curioso porque este sí que era rey y casi nadie lo llama así). No dice el Evangelio que volviesen cada uno a su país, sino los tres al mismo, del que por lo tanto no podrían ser reyes a la vez. Todos estos detalles dan igual en una fiesta que brota de la imaginación redentora del pueblo.

Una vez leí que un alcalde racista se negaba a que Baltasar se pintara de negro en la cabalgata de su pueblo. Erraba el tiro en lo relativo a Baltasar, porque más bien debería atacar a Gaspar que es el semita, según la tradición. Pero acertaba el tiro en lo relativo a la fiesta que es mestiza y plural por definición. Me contaron que un año las bandas ultraderechistas que nos suelen visitar para el 2 de enero, se quedaron hasta el 5 y apedrearon a Baltasar. Se equivocaron de nuevo en lo de Baltasar, pero acertaron en golpear al espíritu integrador, incluyente, mestizo y alegre de la fiesta. El rey negro, tan campante con su turbante, era aquel año Carlos Cano. Tal vez si al principio hubiera dado su nombre, me podría haber ahorrado todas las disquisiciones sobre el espíritu de la Epifanía: era el suyo y el de su música.


 

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