Redes de telefonía móvil

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Los antiguos creían en la existencia exclusiva de cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra. Las moneda era metal y, por lo tanto, pertenecía al orden de lo térreo, pero allá por el XVI apareció el capital y hubo una conmoción filosófica. Tomás de Mercado, confesor de comerciantes de Indias en Sevilla, dejó por escrito su impecable tesis teológica de que el dinero era demoníaco, porque tenía la habilidad de convertir la nada en todo y eso es potestad exclusiva de Dios.

Y luego estaba y sigue estando el otro problema: ¿de qué estarán hechas las palabras? Si las palabras fueran de tierra, no podríamos dar un paso por el planeta, porque estaría cubierto con el cascajo de las palabras mal dichas. Si las palabras fueran de agua, las especies de tierra firme tendrían que volver a las branquias porque los océanos nos cubrirían desde hace siglos. No es tan descabellado pensar que las palabras son de fuego, porque eso querría decir tan sólo que vivimos en un infierno donde todo se quema sin acabar de quemarse jamás. Pero parece más exacto pensar que las palabras son aire y que forman una de las capas gaseosas de la atmósfera.

Los teléfonos móviles han venido a confirmar la tesis aérea. En junio el número de teléfonos móviles superó al número de habitantes de España. Más de cuarenta millones de líneas que, si descontamos a los niños y a un amigo mío que sólo usa el móvil cuando va de viaje y no siempre, confirman que existe una suerte de logo-esfera donde las palabras, como el aire, van y vienen, se acoplan, se desunen, se pelean, se retroalimentan e interactúan, sin importarles demasiado quién las pronuncia ni por qué, ni para qué.

Estoy en medio de un parque natural donde no hay buena cobertura. Las antenas de telefonía móvil están lejos y sucede entonces que la señal va y viene, dependiendo por ejemplo de que haya viento de levante o de poniente. Como ustedes ya habrán adivinado en un sitio así sólo veranean alemanes y catalanes. Los buenos padres de familia granadinos van a Torrenueva donde la cobertura es correctísima y se llega con el coche hasta la misma orilla del mar. El caso es que vengo observando la cara de desolación de los ejecutivos siderúrgicos y de los fabricantes textiles, por aquí veraneantes. Pasan horas mirando la pantalla del móvil y cuando por fin llega la señal se avisan los unos a los otros. Pongamos que hay uno subido en una barca, absorto mirando la pantalla del móvil, entonces al girar el timón le llega una ráfaga de red inalámbrica. Enseguida marca el número del móvil de su mejor amigo que se ha quedado en la arena de la playa y le informa a gritos de que hay red: “¿Me escuchas?”. “No te oigo bien”. “Que ya hay cobertura”. El amigo contento llama a otro que se ha quedado en el hotel y le dice que ya hay señal. Así circula la noticia hasta que la cobertura se pierde y entonces se oyen los gritos del último informado que le dice a otro: “quería llamarte para decirte que había señal, pero ya no hay y por eso tengo que decírtelo a voces”.

Los niños llevan este problema mucho mejor: no hablan, saltan y nadan, y cuando no pueden más te dan un beso y se van a dormir. Pero los mayores, obligados a conversar sin gritar, a pasear con las dos manos libres, o a nadar sin reloj, lo llevamos fatal. De hecho, se recogen ya firmas para que instalen buenas antenas en medio del parque natural.


 

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