Que sí a Europa

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En los últimos meses me han pedido varias veces que redacte algo o participe en algún acto acerca de la Constitución europea y no he aceptado. No es que no tenga claras las ideas, que las tengo o que no conozca el tema, que lo conozco. Casi al revés, es que tenía unas convicciones tan íntimas y tantas ganas de que se ratifique la constitución, que temía al hablar dar algún argumento para el no. Hoy viernes, a dos días del referéndum, el sentido del voto de cada uno debería de estar tan perfilado, que ya podemos hablar.

Los que se oponen a la constitución europea se dividen en tácitos y expresos. Entre los primeros, los sectores más nacionalistas del Partido Popular, su propio presidente honorario, su secretario general, etcétera… Si pudieran pedirían el no en el nombre de la España eterna con capital en Madrid, pero temen la respuesta de sus propios votantes: ¿qué les responderían los agricultores de Castilla y León, los ganaderos extremeños, los pescadores gallegos…? ¿Que nos vamos de Europa? ¿Adónde? ¿Al eje atlántico…? Los primeros en pronunciarse expresamente contra la Constitución europea fueron los que la editorial de ayer de un diario madrileño llamaba “patéticos columnistas y sus no menos patéticos mentores”. Estos señores mezclan la adulación con la amenaza y braman contra el arancel que protege al plátano canario en Europa mientras callan cual lacayos cuando procede comentar los aranceles norteamericanos. Para ellos está claro desde el principio y algunos no han dudado en manifestarlo en sus tertulias de la COPE: no a la Constitución, que encubre un no a la Europa política, contrapeso de los Estados Unidos en la escena internacional.

Mucho más me duele el ‘no’ expreso de Izquierda Unida, a la que he sido afiliado muchos años, y el de personas que me merecen mucho respeto como intelectuales. Este ‘no’ está basado en una idea de apariencia incontestable en virtud de la cual importa lo que la Constitución europea diga o deje de decir. En el marco del realismo jurídico que caracterizó al marxismo y que hoy a veces aflora en el alternativismo, a los intelectuales de IU les gusta decir que faltan contenidos sociales y que otra Constitución será posible si agudizamos la contradicción votando no. Imaginemos que la Constitución europea no estuviera redactada y que la pregunta del referéndum fuese simplemente: ¿quiere usted que Europa tenga una Constitución? En este caso, la respuesta coherente de IU sería que sí. Pues bien, justo esto es lo que se pregunta. Dicho de otra forma: da igual lo que diga la Constitución. Lo importante es que se abre un espacio constitucional europeo que en realidad tiene sólo dos normas: que la constitución sólo se cambia por constitución y que todo lo que cambia la constitución es constitución.

Lo importante es lo que se constituye y lo que se constituye es un estado. No se llamen a engaño los nacionalistas españoles, lo que nace de una constitución no puede ser otra cosa que un estado y un estado que en cincuenta años habrá reemplazado a los actuales estado-nación, incluido el español. La alternativa del domingo es o la pervivencia de España o un futuro estado sin patria. Un estado que en el mejor de los casos será una república de ciudadanos, como los Estados Unidos en su origen y, en el peor, un imperio liberticida, como los Estados Unidos de hoy. Pero tanto si hay república como si hay imperio, en cincuenta años, el rey de España será un señor que saldrá en las revistas del corazón cuando vaya a los toros, si es que hay toros dentro de cincuenta años. Y si Gran Bretaña se suma al proyecto constitucional europeo -lo cual, dicho sea de paso, carece de toda relevancia para Europa- entonces el sucesor de Isabel II tendrá la importancia política que hoy tienen Rainiero de Mónaco o la duquesa de Alba cuando va a los toros. ¿Pero cómo vamos a decir que no?


 

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