Pecados sintácticos

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Tenía un teléfono móvil que funcionaba fatal. Antes de tirarlo a la basura entré en la página web de la compañía norteamericana en busca de soluciones técnicas. Encontré la siguiente frase “el sitio que conduce responsable tensiona la necesidad de bueno conduciendo el juicio y explica nuestra comisión a la fabricación y vendiendo comunicaciones los productos para el en-vehículo utilizan que ventajas de los consumidores de la oferta las enormes.” Después del dolor de cabeza, la terrible sintaxis de este párrafo me produjo un poco de envidia.

Y es que, claro, si ustedes lo piensan bien, uno se pasa los días dándose de cabeza contra el muro de las palabras, de las reglas de la sintaxis, de las leyes de la gramática generativa, sobre todo para que no te quiten la columna del periódico, te lean las novelas y se entiendan los apuntes que les das a los alumnos. (“Eso te pasa -pensará alguno de ustedes- por escribir columnas y novelas, con el único fin de seguir escribiendo”. Y es verdad: los que nos dedicamos a esto del lenguaje somos unos masoquistas que chocamos contra el muro de unas reglas, para poder seguir chocando). Entonces llega una de las más poderosas compañías del mundo y escribe disparates sintácticos en su página web, y se queda tan tranquila, y sus ventas no disminuyen.

Tras la envidia inicial, tuve otra sensación: que escribir así es pecado. Lo sagrado es aquello sobre lo que no se puede decidir. Lo sagrado es lo indisponible, lo que no es negociable: aquello sobre lo que no se puede mandar: las leyes del tiempo y las del parentesco, la vida y la libertad, toda tierra y la duración misma son sagradas… También las palabras y las relaciones entre ellas son sagradas. Las reglas de la gramática son tan inviolables como las del tiempo. El sátrapa más poderoso que podamos imaginar no puede decidir sobre el curso irreversible del tiempo, ni puede decidir que esta tarde pare de llover, pero lo sorprendente es que tampoco puede obligarnos a pronunciar la d intervocálica, ni puede obligarnos a cambiar la terminación de los participios. Ni un sátrapa, ni el pueblo más asambleario, ni nadie. Las leyes de la gramática generativa no son disponibles por los hablantes que las usan. La lengua nos viene dada en un cofre. La transmitimos, pero no nos pertenece. Pertenece a un sujeto incierto y de imposible realización: las generaciones futuras.

Bueno, a lo que íbamos, el caso es que tiré el móvil a la basura, me compré uno alemán y se me pasó la envidia, pero todavía me asalta el sentimiento de miedo porque tal vez alguien conspira en las sombras para cambiar las leyes del mundo y matar con torturas lingüísticas a las generaciones futuras. Tal vez los mismos que están cambiando las leyes del orden internacional que abolieron la guerra y que están torturando en las cárceles de Bagdad.


 

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