Ninguna persona cruza en rojo

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El martes, esperábamos para cruzar en el semáforo de la calle Reyes, a la altura del Ayuntamiento, cuando nos golpeó una ráfaga de aire. Era un autobús de dos cuerpos que pasó ante nosotros a no menos de cincuenta kilómetros por hora y que aceleraba para alcanzar en verde el siguiente semáforo, el de Puerta Real. Inmunizados como estamos ya en esta ciudad para percibir este tipo de peligros y enfrascado como yo estaba en la conversación con mi amigo, es probable que no le hubiera dado más importancia a este asunto de no ser porque en este mismo periódico había leído aquella misma mañana este titular: “Muere un peatón atropellado por un autobús en Puerta Real”.  

Cuando volví a casa recuperé el periódico, recorté la noticia y no he parado de releerla en dos días. Después de mucho pensarlo sólo puedo decirles dos cosas en esta columna. Una es que hay algo que me produce un nudo en el estómago y la otra es que hay algo que me indigna como ciudadano. Lo que me indigna como ciudadano son los hechos, lo que pasó, pero lo que me da miedo  -ahora sé que es miedo lo que me ata el estómago – es como se habla de lo que pasó, cómo se comenta y se cuenta la muerte de una persona.  

Un ciudadano de edad avanzada, intenta cruzar una mañana por el paso de cebra más transitado de la ciudad y recibe un golpe formidable que lo mata. Podía haberle pasado a un niño que escapase del control de su madre, podía haberle pasado a cualquier otro anciano, podía haberle ocurrido a tantos familiares o amigos, podía haberme ocurrido a mí. El problema es que nadie lo mira desde el punto de vista del ciudadano que camina, sino que todos hablan a través del parabrisas. Algo va mal en una ciudad, si en pleno centro, justo allí donde está el árbol simbólico de la ciudad, un autobús puede circular a una velocidad que le impide frenar a tiempo.  

Y miedo da si atendemos a la versión sindical de la muerte de una persona: la empresa concesionaria cobra por kilómetro recorrido, es por esto por lo que le interesa que los autobuses cubran más rápido los itinerarios. Según las fuentes sindicales, los trabajadores no son sancionados económicamente si incumplen los horarios, ni premiados si los alcanzan, pero hay “presiones”.  ¿Podrían por favor explicar en qué consisten esas presiones?  

 

Según la prensa, dos agentes de la policía local y un taxista testificaron que el ciudadano  cruzó por el paso de cebra cuando el semáforo estaba en rojo para los peatones. Un taxista consultado confirma esta versión y me dice que “es terrible como los peatones se te tiran en ese paso de cebra”. Hace veinte años que aprobé el examen, pero recuerdo claramente haber estudiado que en ningún caso un peatón puede ser atropellado y que un paso de cebra es un paso de cebra tenga o no semáforo. ¿Han cambiado esta norma?

 

Cuando los inmigrantes comenzaron a llegar se acuñó para describirlos una expresión terrible: los ilegales. Alguna ONG iluminada por la razón estrenó entonces un magnífico eslogan: ninguna persona es ilegal.  La frase es impecable: la legalidad o ilegalidad se predica de las acciones, no de los ciudadanos. De la misma manera me parece claro que ninguna persona es responsable de su atropello. A lo mejor todo consiste en peatonalizar las calles y las plazas, en  hacer la circulación más parsimoniosa y el centro más paseable para los ciudadanos jubilados en las mañanas soleadas de primavera.   


 

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