Navidad tropical

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Brasil vive el sueño de las transiciones. Desde la victoria electoral del Partido de los Trabajadores y el acceso de Lula al gobierno de la República, el país parece conmovido por su propia trascendencia internacional. Como no podía ser de otra manera las oligarquías familiares que no han pactado con Lula andan preocupadas y mueven en silencio las piezas de la deslegitimación.

Los jacobinos, unos por ingenuidad y otros porque son quintacolumnistas financiados desde Washington, han comenzado también a exigir coherencia, rapidez y sustancia al programa de reformas que tuvo la decencia de no prometer ni lo rápido ni lo imposible. El pueblo exuberante, omnipresente, rico y alegre finge estar más preocupado por el campeonato de liga que por las diatribas interminables del partido de la izquierda. Y en medio de todo, como cada año aunque este sea el primero de la nueva era, las clases medias se diponen a celebrar la Navidad y a exhibir su fascinación infundada por Atlanta u Oklahoma.

Hace años pasé un otoño en el medio oeste norteamericano. Me invitó un profesor amigo que había mandado construir una gran casa de madera a las orillas del río Ohio. Habría sido más feliz aquel otoño de bosques y colores de una variedad impensable, si no me hubieran advertido tanto acerca del hombre que vivía en la casa más próxima: un antiguo militar pendenciero, con el equilibrio perdido en la guerra del Vietnam y propietario al parecer de un verdadero arsenal. Un día, apenas había comenzado noviembre, me alarmé porque vi al vecino subido en una escalera, instalando una gran cantidad de cables en la fachada de su casa. Creí que se trataba de algún sistema de alarma o de algún extraño invento militar y, por si acaso, avisé a mi anfitrión quien, con toda naturalidad, me explicó que el vecino sólo estaba adornando la fachada de su casa con luces navideñas. “Es que ya estamos en noviembre” -me dijo. A lo largo de aquel mes, todas las casas próximas, incluida la del profesor que me invitaba se fueron iluminando. A mediados de diciembre cuando volé de regreso a Europa, el país entero visto desde el cielo parecía un árbol de navidad o una gigantesca feria dulzona.

Ahora en Brasil recuerdo aquellas imágenes porque son las mismas que veo aquí: rascacielos convertidos en abetos, centros comerciales en los que suenan villancicos hasta la saciedad, restaurantes repletos y gentes saturadas de gasto y comida. Pero hay una diferencia en el escenario: aquí ha comenzado ya el verano. Papa Noel con barbas y traje rojo puede sufrir un sofoco. Los hombres serios llevan a las fiestas los mismos gorros y narices de payaso, pero los chorros de sudor dañan el cartoné. Se come pavo, mantecados y turrones, se abusa del alcohol y de los supermercados, pero todo esto se hace a unas temperaturas de trópico. Todo esto me hace recordar, por si lo había olvidado, que hace años en Indiana comprendí que la Navidad no es ya la fiesta cristiana de mi infancia, con aguinaldo, mazapanes, epifanías y otros orientes, sino la fiesta nacional de un imperio infantilizado.


 

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