Nadie vio a Dios

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Muchas historias orientales hablan de un Rey al que nunca nadie vio, salvo en su disfraz popular. El califa por excelencia, Hasrún, se escapaba del espléndido tedio de su palacio y deambulaba solo por los arrabales de Bagdad.



Otro califa fatimí se vestía de pueblo y paseaba en burra por El Cairo. Lo acompañaba a veces el sabio Darazi, fundador de la religión de los drusos. Una noche del año 1021 se abrieron los cielos y los dos ascendieron en cuerpo y alma, a lomos de sus burras y disfrazados de pueblo. La historia del Evangelio supera en cambio a estas dos porque es un Dios y no un califa el que quiso conocer a los hombres. Pero “a Dios nadie le vio jamás”, así termina Juan el párrafo que comienza con el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros. Quiere Juan decir que a Dios nadie le ve salvo encarnado en su Hijo. Y también a diferencia de los califas, Jesús sufrió escarnio público, tortura, vergüenza y pena de muerte. Ahí reside la grandeza de la historia.

Al parecer la Congregación para la Doctrina de la Fe prepara una notificación para el teólogo Jon Sobrino que lo apartará de su cátedra en la Universidad de El Salvador y le retirará el nihil obstat a sus publicaciones. Me apresuro a decirles que no quiero mostrar ni la más mínima solidaridad con Jon Sobrino. Primero porque un teólogo sabe en qué terreno juega y sobre todo porque pedirle a la Iglesia pluralismo ideológico es como pedir silencio en el patio de la escuela. Sólo me interesa subrayar que la implacable determinación del teólogo Ratzinger se basa en su lucha contra el arrianismo: doctrina que niega la divinidad de Cristo y de la Trinidad. De doce sanciones en cuarenta años, seis se fundamentan en la acusación de arrianismo. Haber negado la divinidad de Jesús o la Trinidad, o haber afirmado la unidad de Dios le ha valido importantes sanciones a Leonardo Boff, a Jacques Dupuis, a Hans Küng, a Edward Schillebeeckx que defendió la necesidad de elaborar la vida de Jesús “desde la historia” y, no en último lugar a Roger Haight, por hacer afirmaciones contrarias a “la divinidad de Jesús, la Trinidad, el valor salvífico de la muerte y de la resurrección de Jesús”.

Hoy todo esto nos parece bizantino. Llamamos bizantino a lo enrevesado, pero el adjetivo viene de ahí: bizantinos eran los enemigos de los arrianos. Hace siglos estos debates cambiaban la historia. Rodrigo vio caer su reino en el Guadalete por defender el misterio de la Trinidad que tal vez no entendiera. Europa quedó del lado trinitario. El norte de África (incluida Hipona, la diócesis de San Agustín, el santo trinitario por excelencia) y Al Ándalus quedaron del lado unitario y, con el paso de los siglos, del lado del Islam. Sólo son dos interpretaciones de la misma historia, el bizantino Ratzinger sostiene que el sufrimiento del escarnio, los clavos y el madero, otorgan la divinidad a Jesús. Boff, Küng y Sobrino sostienen que el sufrimiento sólo otorga la grandeza de la humanidad. El debate se repetirá durante siglos, porque nadie nunca vio a Dios.


 

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