Media vida

0548677e6432786dd8df61eb3aaec139

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Siete palabras. Así dice el cuento de Monterroso considerado el más breve de la literatura universal. “Hoy hace veintidós años que me contrataron como profesor de la Universidad de Granada, y pasado mañana cumplo los cuarenta y cuatro”. Veintidós palabras. Así pondría yo punto y final al artículo de hoy. Incluso, si me apuran, reduzco las veintidós palabras a dos: media vida.

Es más, si ya he dicho bastantes tonterías o si usted se encuentra hoy de buen humor, deje de leer ahora mismo. Sólo por llenar el folio, añadiré que el tiempo es un material que pierde calidad. No hay más que ver la eternidad que transcurrió entre la primera comunión vestido de marinero y la llegada del hombre a la luna, entre la entrada de la televisión en blanco y negro con dibujos de Simbad, el marino, y la llegada del mando a distancia, o entre la bicicleta BH y las clases para aprender a conducir. No hay más que ver cuanto duraba un verano en mitad de la adolescencia, o una misa de domingo soleado y cuanto dura ahora la misa funeral de un amigo; cuanto duraban la películas del sábado después de comer o las del domingo en el Don Bosco, y cuanto duran ahora los videos que te bajas del ordenador. Entre el verano de la reválida (voluntaria) y el de COU, enfermó Franco y pasaron siglos de partes del equipo médico habitual hasta que se murió, y después pasaron tantas cosas en seis meses que se tardaría más en contarlas. Leer un periódico en 1976 podía llevarte una tarde y cambiarte la vida. Hay dos mil años entre el examen de Derecho romano y la bandera andaluza que volvió tras siglos de guerra. Y entre el 28F y Tejero pasaron décadas, y entre Tejero y la victoria de Felipe, años y años, que luego se pusieron a dar vueltas cuando vino el Papa y lloró una virgen en San Juan de Dios.

Y, desde entonces, el tiempo cada vez más rápido y con menos calidad, la prueba es que ya hace tres años del 11 de septiembre y veinte de que se murió Julio Cortázar, que tenía setenta (!) y que estaría cumpliendo los noventa. Y si alguien te dice que Foucault es un autor del siglo pasado, piensas que se está equivocando, porque el siglo pasado ha sido de toda la vida el XIX. Y falta nada para que un joven te hable de la Segunda Guerra del Golfo, como tú hablabas de la remotísima II Guerra Mundial. Y un alumno te dice que ha visto tu foto en la orla de su padre. Y otro que “usted fue profesor de mi madre”. Y si le pides que te tuteen te das cuenta de que el don y el usted, que te quedaban tan grandes anteayer, hoy te están que ni pintados. Y lo peor de todo: hace veintidós años que eres profesor y ni siquiera sabes si ha valido la pena, o te propones escribir un artículo sobre la universidad y no te sale, porque te acuerdas antes de Virgilio: Omnia fert aetas, animun quoque. Todo se lo lleva el tiempo, el ánimo también.

Así que a las dos palabras del título de este artículo, sólo hay que añadirle una tercera entre interrogaciones: ¿Ya? y una cuarta entre exclamaciones: ¡(Pongan aquí su palabrota favorita)!


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>