Massara

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Hace años, según los parámetros clínicos estuviste muerta durante varias horas. De todo aquello ahora sólo recuerdas alguno de tus sueños de quirófano. Me dijiste que en uno de ellos yo era aire y tú fuego, tú princesa y yo argonauta: marino errante. 

En los sueños no tenemos rostro, pero sí hay veranos e inviernos, y en el tuyo era la noche de la gran fiesta del solsticio o del ferragosto en algún puerto del Mediterráneo. El litoral estaba iluminado con los velones de las barcas que procesionaban a Isis. El rey Eetes caminaba entre sacerdotes hacia el templo. En los lienzos extendidos por el suelo de la terraza nos amábamos, porque mi nave zarpaba al amanecer. Nos juramentamos, seguros de volver a encontrarnos.

Mientras tanto, en el sueño de fiebre que padecí en la bodega de la nave Argos, tú eras una Mantis y te acercabas para devorarme. Yo no entendía porqué ibas a matarme, hasta que en el reflejo de tus ojos vi que llevaba puesta la máscara del macho de tu especie. Nadie ve su propia máscara. Por eso y durante cuatro mil años, he temido el encuentro contigo y he cambiado mis máscaras para que nunca pudieras reconocerme. También he usado los mejores talismanes contra el amor: la literatura, el estudio y el racionalismo tajante; la amistad epistolar y la conversación serena con ancianos; el empeño en las costumbres y en los hábitos; escribir cada sueño para descifrarlo enseguida y preferir siempre escribir un buen relato a la mejor vivencia que no se puede narrar.

Pero hace unos días en Guadalajara, México, me reconociste. No caí en la cuenta de que la piel tiene memoria y de que cuando se baila hasta el amanecer el sudor que nos brota es la sal de todos los antepasados. No me sirvió mi máscara de académico, ni la de escritor andaluz, ni otras pequeñas magias inútiles. Me reconociste y yo sólo alcancé a decirte que estoy cansado, que voy a cumplir seis mil años. Me fuí de tu vera apenas pude. En el hotel, enjugué el antiguo olor de tu piel sudorosa. No quise jurar que volveríamos a encontrarnos. Ni siquiera te llamé para despedirme. Estoy dispuesto a cualquier renuncia con tal de escribirla. En tu sueño te llamabas Massara y aquella noche cumplías los veinte. Así empezará el relato, cuando lo escriba.


 

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