Los supervivientes

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En 1992 en el aeropuerto de Granada hubo un accidente aéreo. El avión se dejó caer, golpeó la pista y se partió en dos. Yo iba en aquel avión. Todavía me pregunto si tuve mala suerte (por el accidente) o buena suerte (por sobrevivir).



Eran los meses de las reuniones preparatorias de la Conferencia de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente, yo volvía de una que tuvo lugar en Viena. Mi asiento era de clase preferente, porque lo pagaba un gobierno extranjero y rico, con el que entonces yo colaboraba. Así que viajaba en la primera fila. El despegue y la toma de altura fueron lentos. Lo sé porque me dio tiempo a ojear despacio un periódico y a leer más de una noticia completa. Me lo había prestado Álvaro Salvador en Barajas y era el primero en español que leía en muchos días. Cuando me levanté del asiento para ir a devolvérselo, la azafata (desde aquel día cuando debo decir o escribir la palabra ‘azafata’, me sale ‘enfermera': todo lapsus es significativo, pero éste es hasta obvio) me llamó la atención, porque todavía no se había apagado el indicador de cinturón obligatorio. Después retomé la lectura de La Viena de Wittgenstein un libro no sólo por esto inolvidable. Y comenzó el descenso. El avión iba tan inclinado que le pregunté a la azafata que si aquello era normal. Sonrió con profesionalidad y me dijo que sí lo era. Entramos a la pista como el que entra a una piscina. Recuerdo que miré por la ventanilla y vi tierra agrícola a pocos metros bajo el avión. No tuve tiempo de prepararme para nada. Los maleteros se abrieron, los equipajes de mano comenzaron a volar de lado a lado, las luces se encendían y apagaban, se oyeron los primeros gritos y el frenazo interminable.

He tardado más en escribir esto que en vivirlo. Fue como un instante. Sólo puedo decirles que de haber muerto entonces no habría sido una muerte terrible y dolorosa. Después me deslicé por un tobogán inflable. Delante mía sólo salió un señor con chaqueta azul, que sólo podía ser el comandante o el copiloto. Me alejé todo lo que pude del avión por instinto y al volverme para mirarlo me dí cuenta de que se había partido. Un guardia civil me prestó su cazadora verde. Recogimos el equipaje y nos fuimos a beber una botella de vino.

Todo pasó en un instante, pero después vino la neurosis postraumática. Desde luego no asistí a la conferencia de Río de Janeiro. Dejé aviones plantados en la pista. Fui a Canarias en barco. Dejé de colaborar con aquel gobierno y con cualquier otro que me obligara a tomar aviones. Renuncié a un montón de actividades profesionales. Cuando comencé a volar lo hice con ansiolíticos y unos somníferos de caballo. Y desarrollé toda una estrategia para justificar mis conductas evitativas. Todos mis hábitos cambiaron, pero como buen neurótico me escondía a mí mismo las causas del cambio. Cuando en una entrevista me preguntaron que cuál era mi máxima ambición dije que leer un año el pregón del Corpus y ser rey mago en la Cabalgata de Granada. Cuando alguien me hizo ver que mi localismo acentuado podía venir del accidente aéreo lo mandé a la mierda.

Es verdad que todo se pasa. Ahora vuelo con relativa frecuencia, sin fármacos y con cierta tranquilidad. Sólo en el momento de tocar tierra se me contraen los músculos. Todo pasa, pero de todo queda huella. Desde entonces simplemente no me gusta viajar. Soy incapaz de organizar un viaje que implique avión, no disfruto del coche y mucho menos del tren. Recuerdo todo esto, claro está, a raíz del accidente del pasado martes. Presento mi pésame más sincero a los familiares de los muertos. 


 

2 thoughts on “Los supervivientes

  1. Sí. Tuviste y tuvimos suerte de que sobrevivieras. Después has seguido dispersando tu sensibilidad y compromiso. Cambiando la impresión que te embarga por revivir aquella caída, sin despreciar-todo lo contrario- cuanto destrozo de vidas y cuerpos te sugiere ese valle de los Alpes, a mí me agobia el grito inhumano de BAJOS COSTES. En mi mente se mezcla ese par de siniestras palabras con otros como: altos vuelos, ruines ganancias, poderes venenosos,..
    No puedo dejar de relacionar el siniestro aéreo con dos cirunstancias que en los últimos tiempos se acercan a mi entorno afectivo. Una persona que, por mor de los bajos costes, vive su ansiada vocación de tripulante con precariedad laboral en inseguridad afectiva. Al mismo tiempo se agrava en nuestro entorno ese andar de sonámbulos que a algunos lleva a ciertos barrancos. ¿ Es un pesimismo casual? ¿O es el mundo que dejamos que entre por los rincones de nuestros miedos?

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