Pongamos que hablo de 1982

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Teníamos veintitantos y éramos PNNs (me temo que ya hay que transcribir estas siglas, significaban: profesores no numerarios). Trabajábamos doce o quince horas diarias en unos mamotretos que se llamaban tesis doctorales, nos encontrábamos en los pasillos desiertos de las facultades un sábado por la tarde, o un domingo a la hora insólita de la paella. Y éramos, como corresponde a la edad, de ciencias o de letras, de derechas o de izquierdas, pero siempre claros y tajantes (ahora casi todos somos turbios y tangentes).

Por aquellos otoños, una estatua de la Virgen comenzó a llorar sangre en la iglesia de San Juan de Dios. A la hora del almuerzo, la cola para visitarla llegaba hasta Hacienda. En la acera de enfrente, nos fuimos encontrando PNNs de varias facultades. Los de Letras, mirábamos el fenómeno algo atemorizados y con gafas de antropólogo, pero los residentes del hospital de San Juan de Dios, de nuestra misma edad y tribu, se dispusieron a entrar en la iglesia con sus batas blancas y sus tubitos de ensayo. Querían tomar muestras de la sangre y analizarla después en sus laboratorios. La muchedumbre se lo impidió, los insultó y los obligó a salir. A los pocos días, Felipe ganó las elecciones y nos visitó el Papa.

Había entre nosotros una chica que era creyente, cercana a las posiciones del Opus Dei y de naturaleza risueña y modosa. La tarde en que el Papa recorría las calles de la ciudad, nos fue recogiendo por los despachos de la Facultad de Derecho y nos llevó a los más dóciles a la Gran Vía. Lo vimos pasar y lo más sorprendente no fue verlo montado en una alsina, sino comprobar cómo la muchedumbre que se alineaba en una y otra acera era la misma que había formado colas para ver la estatua de la Virgen llorando sangre. La misma que no quería ciencia, sino para curarse, y milagros y santos para la vida.

Por aquellos tiempos también, el Papa viajó a Centroamérica. El sandinismo era para las gentes de la izquierda lo que el Camarón para las del flamenco. De manera que cuando vimos las imágenes de aquel dedo admonitorio sobre la cabeza inclinada de Ernesto Cardenal, nos pareció que aquel Papa nos estaba regañando a todos. Es muy difícil explicar esto ahora, pero la misma izquierda veía con tanta simpatía al Frente Sandinista como al sindicato Solidaridad o, dicho de otra forma, que la imagen de Wojtila no se nos vino abajo por apoyar la caída de aquel militar de gafas que se llamaba Jaruselsky o algo así, sino por regañarle a quien no debía. Después de Nicaragua, el Papa visitó Guatemala. Allí reinaba un tal Efraín Ríos Mont, dictador militar a sueldo de la CIA, y apoyado por un partido que era a su vez una iglesia evangélica. Pues bien, junto a él se vio al Papa de los católicos relajado y confiado. La crispación que se le notó en Nicaragua ya había desaparecido de su rostro.

Entre la inundación informativa por la muerte del Papa, leo la noticia de que la justicia guatemalteca ha condenado por racismo a cinco miembros de este partido-iglesia de Efraín Ríos, que en su día insultaron y agredieron a Rigoberta Menchú. Aún no he dado con un argumento racional y directo que vincule mis recuerdos con esta noticia y con las miles que nos llegan sobre la muerte, exequias y sucesión del Papa. Es por esto por lo que he decidido escribir este artículo, para librarme de los recuerdos grandes. Disculpen las molestias.


 

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