Los nuevos avaros

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El avaro antiguo, el ciego del Lazarillo o el de Molière, no se concedían nada ni a sí mismos ni a los demás. La auto-justificación del avaro era precisamente esta: que se trataba a sí mismo como a los demás. Además, la locura de capa raída atraía al ladrón. La pasión enfermiza de guardar el oro y las joyas en el arca se equilibraba con el robo o la pérdida de la riqueza. Ese era el orden equilibrado del universo de la escasez.

Pero ahora vivimos el universo de la abundancia y ha surgido un nuevo tipo de avaro. En la prensa de la semana pasada leí esta historia: tenía cincuenta y un años, y llevaba veinte acumulando basura. Cuando el martes volvió a casa, se encontró a un policía en la puerta y fue conducido al hospital. La basura llegaba al techo en casi todas las habitaciones. Ni siquiera podía abrir del todo la puerta principal de la vivienda: cuando volvía de trabajar, empujaba con fuerza y se hacía el hueco justo para pasar. Dormía en un sofá porque hacía tiempo que la cama desapareció bajo envases de cartón, botellas vacías y objetos comprados en los “veinteduros”. Sólo la televisión permanecía a flote.

Si se observa, las diferencias entre los viejos y los nuevos avaros son tres: la primera es que a ningún ladrón se le ocurriría robar en semejante nido. La segunda es que la policía que antes perseguía a los ladrones que robaban a los avaros, conduce ahora al hospital a los avaros denunciados por las comunidades de propietarios. Y la tercera, y más importante, es que mientras que el viejo avaro era enjuto y estoico, el nuevo es obeso de cuerpo por causa del sofá, y obeso de alma por causa de la televisión.

Freud interpretó la avaricia como la detención de la evolución psíquica en la fase anal de los niños, el momento en que el niño guarda y disfruta de sus propias excreciones. La psicología contemporánea dice que el nuevo avaro padece el “síndrome de Diógenes”, por alusión injusta a Diógenes de Sínope, cuya leyenda enseña que habría que denominar así justo a la pasión contraria: el placer enfermizo de tirar cosas. (De Diógenes se cuenta, entre otras cosas, que vivía en una tinaja y poseía sólo dos cosas: una lámpara que llevaba siempre encendida porque con ella buscaba a un hombre, y una taza con la que bebía. Un día, vio a un niño bebiendo agua en el cuenco de sus manos y entonces él estrelló su escudilla contra el suelo, porque comprendió que poseía algo superfluo).

El nuevo avaro no sabe desprenderse de la basura, pero tampoco del televisor. De donde se deducen dos cosas: que el término “tele-basura” es redundante porque se trata de dos palabras sinónimas, y que hay cosas que engordan aunque no se coman como el automóvil o la televisión. El viejo avaro era la máscara del califa que salía disfrazado de palacio en los cuentos de las mil y una noches. El nuevo avaro es la máscara de las dinastías contemporáneas de la guerra y el ecocidio. Los nuevos califas salen de sus palacios y recorren las cadenas televisivas. Nosotros los vemos como soldados fuertes y esbeltos, como empresarios agresivos y bronceados pero, gracias a Freud, sabemos que esto es sólo un disfraz de califa. En realidad, los nuevos poderosos son obesos y blanquecinos, viven arrellanados en los sofás ante el televisor, rodeados por toda la sangre de la guerra que se niegan a dejar de derramar y por toda la mierda de un planeta que se niegan a limpiar.


 

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