Londres

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Me gustaría decirles que he venido a Londres para correr la gran maratón, pero les mentiría. Lo único cierto es que ya estuve aquí hace cien años. Londres tiene un siglo, como Roma tiene veinte.

El tiempo va sobre las ciudades flotando como un velero, pero en cada una deja la marca de un momento. Londres es la imagen de una escritora llamada Ágata que baja del tren en la estación Victoria. Lleva maletas de piel y vuelve de las excavaciones de Nínive. Como Roma es la escalinata en la que apuñalaron a Julio César. Así Jerusalén es el Templo. Lisboa es el salón de fumadores de un hotel atlántico. Cádiz el templo de Astarté y Sevilla, el río Tartesos. Granada es siempre retornar al momento en que Núñez Muley redacta el memorial de agravios dirigido al segundo Felipe, añorando los dos años escasos en que nos gobernó Felipe, el hermoso.

Londres repite la era victoriana. Cuando llueve allí, llueve en 1875. De la misma manera París es el salón donde debaten los enciclopedistas y la ciudad repite el inexplicable asalto desordenado a la Bastilla que nos cambió la historia. Por la misma razón por la que si nieva en Granada es enero de mil cuatrocientos noventa y muchos y por la que el sol de agosto en Jerusalén cae en el siglo de Salomón.

Londres es una gran estación y un club elegante con mayordomos y periódicos enormes. Es el gentleman de la media nobleza rural, que esta noche dormirá aquí porque ya no alcanza el último tren de Liverpool. De camino cometerá un crimen, tal vez sin más armas que una estilográfica. Londres es el monóculo rancio de un detective belga que ve pasar los turbantes de los hindúes, recibe los saludos de los chinos y sufre los olores de las cocinas exóticas del Soho. Londres son las arenas negras del gran Támesis, el opio, los orfanatos y las capas con chistera. Una reina sin silueta que reinó durante un siglo y que lo hizo antes -que ya es decir- de que comenzara el reinado perpetuo de esta otra reina de extraños sombreros. Londres es una ciudad de treintañeros pluri-raciales y bellos que mezclan ya unos ojos orientales con una piel africana y una ropa italiana. Londres repite su siglo, nosotros el nuestro.


 

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