Hijos del relato

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Los humanos no somos hijos de la técnica, somos hijos del relato. Lo que tenemos en común no es Babel, ni la Bomba, sino que Él y sus ángeles nos expulsaron del paraíso, y desde entonces estamos obligados a contarlo. A estas alturas de la creación lo único que hemos hecho, además de la guerra, ha sido contar de mil formas el relato triste de la expulsión del paraíso.

Según una vieja tesis filológica los hebreos provienen de Iberia, como su propio nombre indica, y el término Andalucía es el mismo que Edén, con las dos consonantes invertidas. Según esta tesis -casi tan verosímil como cualquier otra-, el relato bíblico de la expulsión del paraíso es reflejo de un hecho histórico: los tartesios expulsaron a una tribu de hebreos (íberos) del territorio mesopotámico que forma la desembocadura del Genil en el Guadalquivir. O sea que el paraíso estaba entre Palma del Río y Cabra.

En realidad, da igual entre el Tigris y el Eufrates es lo mismo que de Puente Genil a Lucena, de Loja a Benamejí. Caín es Caín aunque lo llamemos Edipo, y Abel es Abel aunque lo llamemos Alberto. Decir Adán es lo mismo que recordar a José Arcadio Buendía, o a nuestro propio padre el día que nos llevó a conocer el hielo o cuando nos enseñó a montar en bicicleta. Lilith, la primera mujer, la que abandonó a Adán porque se negó a la sumisión y la que dicen que vaga aún por las orillas del Mar Muerto es esa chica intrépida de tejanos y cazadora de cuero con la que no nos atrevimos a casarnos, porque le pareció malvada a nuestra madre, la Inmaculada antes, durante y después del parto. Eva es la chica dócil con la que se casó un amigo, al que no sabemos si contarle o no con quien la hemos visto y donde. El psiquiatra que te trató de la enfermedad de la culpa por llamarte don Juan a los veinticinco y que te trata ahora de la culpa por llamarte Otelo a los cuarenta y tantos, se parece cada día más al doctor Fausto. La Celestina está en la esquina, dos calles más para abajo de donde tú vives. Don Quijote tiene una actualidad rabiosa y ejerce de juez de instrucción, y Sancho Panza es constructor, millonario en euros. Cuando visitamos el infierno de la depresión, nos lo explicamos con Hércules que bajó y subió. Prometeo es ese amigo que levanta cada día la cabeza a pesar del avance de ese mal que le corroe las vísceras. Minotauro en su laberinto es una oveja clonada en su laboratorio. Eres Holmes cuando rastreas la factura del teléfono y hasta los bebés saben quien es el querido Watson al que, por cierto, mis amigos se parece cada día más. Drácula te parece cada vez más verosímil porque cada vez está más cerca esa tumba de la que te gustaría salir para beber absenta en París. El monstruo pidiéndole explicaciones al doctor Frankestein es Greenpeace preguntándole a las autoridades qué están haciendo con los transgénicos. Como dice la publicidad, todo está en los libros y nosotros somos lo que leemos, lo que nos cuentan y lo que nos creemos de lo que nos cuentan.


 

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