Lo consiguió

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Un ciudadano anónimo cruzó ayer la Gran Vía en diez segundos. Se lo contamos como pasó: reinaba la tranquilidad habitual en la redacción de La Opinión cuando recibimos la visita de una señora agitada y emocionada que aseguraba haberlo visto: un hombre de edad y talla mediana, sin especiales atuendos deportivos, caminando a paso normal, cruzó desde los Italianos hasta Cortefiel. Al parecer salió por la calle Reyes Católicos y encontró en verde para los peatones el semáforo de la Gran Vía.

Y no sólo no tuvo que esperar los dos minutos habituales de paso de vehículos, sino que alcanzó la acera del Zacatín sin que el semáforo se le pusiera en rojo. Consultado el concejal de tráfico no supo desmentir la información, se limitó a hacer un comentario genérico sobre la falsa idea, cada vez más extendida, de que los semáforos sirven para dar paso a los peatones, cuando es obvio que su función es agilizar el devenir de los coches y detener a los peatones. Aprovechó el concejal la llamada para anunciarnos la puesta en marcha de una campaña municipal de concienciación ciudadana acerca del daño económico que los cuerpos humanos atropellados pueden causar en la pintura y carrocería de los vehículos.

Averiguada por otros medios la identidad del peatón, un redactor, un reportero gráfico y las cámaras de Canal 21 se trasladaron hasta su domicilio. Era un bloque de viviendas normal, de clase media. A esa hora, las escaleras olían ya a las patatas fritas con huevo, propias de la cena. Abrió la puerta una niña que, apenas supo el motivo de la visita, comenzó a dar gritos “¡Mamá! ¡Que son los de la tele, que vienen a buscar a papá que ha cruzado la Gran Vía andando!”. Entonces apareció la esposa del ciudadano, ataviada con un elegante chandal, pero muy nerviosa: “¡Ay, por Dios! ¿Pero qué ha pasado? ¡Que me lo han atropellado! ¿Verdad? Si es que le tenía que pasar…” Se intentó explicarle que a su marido no le había ocurrido nada, y que esa era la noticia. Pero no había manera. La señora comenzó a explicar las rarezas de su marido: no tiene coche, no sabe conducir y pasea a cualquier hora. Se le ha visto incluso por los bosques de la Alhambra, las callejuelas del Albayzín o el valle del Darro. Una vez firmó un manifiesto a favor de la recuperación del tranvía. Cuando existía, cruzó el carril bici de la Avenida de Dílar en bicicleta. En otra ocasión, increpó a un señor automovilista que estaba aparcando su coche encima de la acera y, no conforme con los reproches, pretendió que la policía local se pusiera de su parte y obligará al automóvil del padre de familia a abandonar la plaza que tan laboriosamente había obtenido después de dos horas de atasco en la circunvalación y tras vueltas innumerables a la manzana…

Todo esto contaba la señora, cuando por fin su marido salió del ascensor. Apenas vió las cámaras se cubrió la cara con las dos manos, entró en la vivienda, cerró la puerta y sólo accedió a hablar con el redactor de La Opinión a través del portero automático. “Ha sido un golpe de fortuna —declaró—. Siempre he procurado mantenerme en buena forma física, y hoy llegué, ví el nuevo muñeco verde que se mueve, confié en mis posibilidades y cruzé”. No descartó que en el futuro intente modalidades más complejas como cruzar dando la mano a dos niños pequeños, o el brazo a un anciano.


 

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