Llámate Federico

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Mi colega y amigo se hace llamar Kiko, aún llamándose Federico. Hace unos meses, él pasaba una temporada de estudio en Alemania y manteníamos un intercambio de correos electrónicos sobre contenidos de nuestra disciplina. Una noche observé que firmaba los suyos no como Federico, ni siquiera como Kiko, sino como K.

 

-Como firmes así -le dije yo en un post scriptum- por la K de “El proceso” de Kafka, entonces me debes un whisky.

-En parte te debo un whisky – me respondió enseguida-, pero debo contarte una historia: me llamo Federico, porque mi padre se llama Federico, pero mi padre se llama Federico porque mi abuelo quiso que llevara el nombre del santo que se conmemora los 18 de julio: san Federico. Como comprenderás -terminaba su correo- detesto el nombre de Federico y prefiero llamarme Kiko, firmar con la K de Kafka e, incluso, pagarte un whisky.

Recuerdo esta historia porque por estos días hace setenta años que fusilaron a Federico García y está abierta la polémica sobre la necesidad de desenterrarlo. Soy un decidido partidario de hacerlo. Remover la tierra de la cuneta de la carretera entre Víznar y Alfacar, identificarlo y volver a enterrarlo con ceremonia civil por todo lo alto. He encontrado algún fundamento para esta convicción en la historia de mi amigo Kiko/Federico.

Imaginé a mi joven colega que por entonces investigaba en el Max Planch, presentándose a cualquier alemán: “Buenos días. Me llamo Federico y soy de Granada”. Estoy seguro de que cualquier alemán culto que oyera a alguien presentarse así pensaría que es lógico que un granadino se llame Federico en homenaje a García Lorca. He aquí la justa venganza de la gloria del poeta sobre el abuelo que apoyó a los insurgentes que lo fusilaron.

Esa es también la razón por la que Federico no precisa ser desenterrado. La gloria del poeta no necesita ya de más funerales civiles, mientras que la infamia de los que lo mataron pesará sobre sus nombres hasta el olvido. Me parece, en cambio, que los ciudadanos sí necesitamos y la propia democracia restaurada también exige un homenaje reparador de tama o histórico. Desenterrarlo, identificarlo y volver a enterrarlo con ceremonia pública, acaso en el mismo sitio, pero con invitación cursada al arzobispo. No para su mayor gloria -insisto-, sino para nuestra propia redención como ciudadanos. Para poder llamarnos don Dióscoro Galindo o Federico García.


 

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