La torre silenciosa

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Durante todo el domingo, algunos judíos centroeuropeos mantienen silencio absoluto. Pasan el día en casa, no hablan, no oyen la radio, sólo oyen el silencio para escuchar al ser. Por prescripción facultativa, llevo cinco días sin salir de casa y me faltan otros tantos para poder hacerlo. Ya sé que esto le puede pasar a cualquiera y que, en el fondo, tengo suerte, porque por las mañanas hace mucho frío ahí fuera. Pero yo prefiero pensarlo en términos judíos: estoy escuchando la ausencia de la ciudad. No es fácil.

Esta mañana llamó el cartero y por una vez quiso subir las escaleras para entregarme una carta que en realidad era un trozo municipal de ciudad. Ayer tuve que bajar la basura y pisé la calle, vi pasar unos cuantos coches y dos o tres personas. Lo más peligroso son las ventanas: mi casa está llena de ventanas que dan a calles, que son calles de la ciudad porque, como se sabe, en el campo no hay calles. Por las ventanas se meten palabras de ciudad. Sé la temperatura por la forma en que las gentes llevan los abrigos: si el cuello va levantado hace frío y si el abrigo va desabrochado, enero está suave. Sé la hora por la diligencia del paso y por el número de vehículos: si abocinan nerviosos son las nueve de la mañana, si hay parsimonia es la hora de la cena.

Aprovecho el encierro para dibujar encima de un plano de Granada que me compré: he roto la bóveda del río desde Plaza Nueva hasta el Genil. He llevado el Zacatín hasta Plaza Nueva, de manera que me he cargado así el semáforo que más odio del mundo. He puesto tranvías para subir a la Alhambra y al Albayzín. En Constitución he vuelto a poner adoquines, bulevares, tranvías y he dibujado unos árboles gigantescos. En el fondo, estoy haciendo lo mismo que los judíos hacen el día del sabat: se callan para oír mejor. Yo me voy diez días de la ciudad y la cambio entera. Estoy seguro de que aunque tardara diez años, la calle Elvira no sería peatonal, ni se vislumbraría un tranvía por la Redonda, ni llegará el AVE que nos una en media hora con Málaga. Pero bueno tal vez haya que pensar lo contrario para soportar lo que hay. Los judíos se callan para soportar el ruido del lunes sin perder el alma. Yo me quedo diez días en mi casa para soportar esta ciudad.

En mi encierro, sólo me inquieta una cosa: la visión de la torre de Santa Ana. A un personaje de mi novela “Febrero todavía” le hice decir que esta torre, si estuviera en Sevilla, sería la más bonita del mundo. El personaje, granadino agrio y quejoso, quería decir que una torre tan armónica y bella se sabría vender en Sevilla, como venden la Giralda. Durante la promoción de esa novela, en una emisora sevillana leyeron el párrafo: “Fíjense ustedes -comentó después la periodista a los oyentes-, esta torre de Granada debe de ser tan bonita, que sólo le falta estar en Sevilla para ser la más bella del mundo”. Así son y así somos. Pero volvamos, lo que me inquieta de la torre de Santa Ana no es que en diez días y en diez años, la torre seguirá tapada por un enjambre de semáforos y objetos, por una calle-plaza con arbolitos ridículos que parecen plantados a propósito para deslucirla y castigarla, y por un ciprés que exige su conversión en palmera. En mi dibujo imaginario, he convertido Plaza Nueva en un espacio sin un solo arbolito, ni banco, ni taxi, ni autobús, ni coche oficial, ni aparcamiento de motos, ni contenedores de basuras. Un espacio limpio, surcado como mucho por un tranvía y pensado para resaltar la torre.

Pero esta mañana, sin embargo, me pregunté: ¿dónde estaba esa torre el 14 de julio de 1789, y el 19 de marzo de 1812, y el 14 de abril de 1931, y el día de la manifestación del 4 de diciembre, y el 11 de marzo de 2004…? Ahí, en donde está ahora, rodeada de mil formas de ciudad, de mil cambios urbanísticos que, en realidad, son uno. Y ella tan callada y tan presente al mismo tiempo. A lo mejor, esa torre es la que está hablando desde hace siglos y esta ciudad la callada.

A lo mejor, mi encierro me va a permitir, por primera vez, pasar unos días en la ciudad.


 

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