La nuestra

63955aa9869cf7707ada1662dbfb31e2

No sé por qué, ni me importa, ni pienso investigarlo, pero el caso es que el informativo que yo veía a las dos de la tarde es ahora un programa del corazón. La televisión es en mi casa cosa de los niños. Eso significa que durante varias horas al día suena de lejos Disney Channel. 

Yo ni me asomo, porque si lo hago experimento un terrible deseo de romper la tele y darme a despotricar sobre el colonialismo ideológico. Luego está el problema de la culpa: ¿estaré siendo demasiado permisivo dejando que mis hijos vean esas terribles series de high school con risitas grabadas? Pero de mi culpa no quiero hablarles.

El caso es que no, que a mí no me gusta ver la televisión. Siempre he sentido precaución por ese medio y ahora gracias a internet está reemplazado en mi vida. Pero el otro día, los niños no estaban y me dispuse a ver el informativo mientras comía. En lugar de un informe sobre el desempleo, las hipotecas o la financiación autonómica, lo que vi fue lo siguiente: un actor ha roto su cuarto matrimonio. Ella tenía treinta años menos que él. Perdón, cuarenta años menos. Así corrigió la presentadora la voz en off del reportaje. El actor tiene setenta y tres años dijo con rotundidad. Y no le gusta trabajar, añadió. Vive en un chalecito en las afueras de Madrid, pero no es de él. Es de su suegro. Mejor dicho del compañero de la madre de su última esposa, la que tiene cuarenta años menos que él. Él no tiene ni un duro, porque no le gusta mucho trabajar, subraya la experta presentadora.

Más de un cuarto de hora dedicó el programa al asunto de este actor cuyo nombre no les voy a decir y que, de verdad, espero que ustedes no conozcan. Quince minutos -pongamos que diez por si a mí se me hizo el tiempo demasiado largo- pero eran -repito- las dos de la tarde, prime time o, al menos second time. Y lo que yo estaba viendo no era la cadena de Berlusconi, ni Disney Channel. Era Canal Sur, emisora pública de Andalucía. Y lo que yo estaba viendo era una señora experta en desmontar la vida privada de un actor más o menos conocido, con juicios morales constantes, con una frivolidad aparente que escondía una terrible seriedad.

“Pues si no le gusta lo que ve, cambie usted de canal —me diría un director comercial de cualquier cadena”. Vale. Tomo nota del consejo pero, primero, no cambio de canal, sino que apago la tele. El medio es el mensaje. Segundo, si no es lo mismo una emisora que otra entonces la nuestra, la pública de Andalucía, no puede ser lo mismo que las otras, las privadas de Madrid. Y tercero, si lo he visto, lo he visto y tengo que decir algo sobre lo que he visto. Y lo que tengo que decir es esto:

El derecho al honor, a la intimidad personal y familiar es un derecho fundamentalísimo. Eso quiere decir que no es como el derecho a la propiedad, a la vivienda o al fútbol. Es como el derecho a la vida, a la integridad física o a la libertad. Es irrenunciable e imprescriptible. Alguien puede desear convertirse en esclavo, pues es nulo el contrato de esclavitud. La libertad se tiene, aunque no se quiera. Alguien puede vender su imagen, pues no por ello renuncia a su derecho a la propia imagen. A alguien le puede apetecer ser torturado, pero no por ello será menos grave la actuación del torturador. La vida, la integridad física, la libertad y la propia imagen tienen el mismo tratamiento constitucional. De otra manera, torturar es a efectos de derechos constitucionales tan grave como masacrar el honor. Conclusión: por lo menos, el homicidio, la tortura y la infamia no deberían ser televisados. Y menos en una televisión pública. Y menos en la nuestra.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>