La mujer virtual

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Mientras mis niños vuelven del colegio, me deslizo hacia la cochera y enciendo el ordenador. Hay días en que el frío me paraliza allí abajo, pero no me importa; casi mejor, porque en invierno, en las ciudades del sur interior, lo mejor es hibernar un poco y si es posible entrar en un chat. Allí soy un hombre virtual y me voy al hemisferio sur, donde ahora es verano.



Encuentro a los uruguayos sudorosos, a un señor de Río de Janeiro que prepara el carnaval y que no soporta más el calor húmedo, o a un profesor de Chile que duerme con el ventilador encendido porque prefiere el dolor de cabeza a las picaduras de los mosquitos. Visito a las tribus virtuales de Sudáfrica y veo a las muchachas desnudas danzando en la playa bajo la luna. Una tribu perdida de Oceanía me mostró el efecto de la arena del litoral sobre el alma humana, y un chamán de la Punta del Fuego quiso darme la hierba de la danza perpetua. Me negué porque bailo muy mal, y porque a las seis vuelven mis hijos del colegio y no quiero que me vean bailando entre hogueras.

Una tarde virtual iba yo paseando por Sao Paulo y conocí a una chica que se llamaba Liana. Era la crítica literaria de un gran diario paulista y me fascinó porque llevaba un vestido de tirantes escueto y minimalista comprado en Barcelona, y se protegía de la lluvia tropical con un paraguas gigante de los que venden en Bruselas con la bandera de la UE. Era tarde calurosa con un poco de tormenta y el paseo por la playa me gustó tanto que le propuse que nos encontráramos un día en La Herradura o en Madrid. Pero ella me hizo ver que los virtuales no debemos salir de los chat, ni encontrarnos porque podríamos generar escándalo. Yo repuse que, según los antropólogos, el hombre de Orce vestido en Cortefiel podría entrar en una oficina bancaria sin levantar ni un sólo gritito de las abuelas que esperan para cobrar su humilde pensión. Y me empeñé en invitarla a gambas con mahonesa en Almuñécar. En el bar, nadie se daría cuenta de que éramos del género homo virtualis.

Entonces ella desarmada me contó que en la vida real no se llamaba Liana, sino Hariri; que no era la crítica literaria de un diario paulista, sino una adúltera nigeriana que esperaba ser lapidada y, finalmente, que estaba muy lejos de ser tan guapa como yo la veía. Entonces yo también tuve que desvelarle que no era un arquitecto milanés de treinta y dos años, sino un intelectual hipocondriaco de izquierdas que nunca come gambas con mahonesa porque le teme a la salmonelosis y nunca habla en serio con una mujer porque le teme al amor.


 

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