La mala educación sentimental

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Granada es la ciudad en la que nació Federico y Granada es la ciudad que mató a Federico. La gloria y el pecado cohabitan aquí.



El viernes pasado presentamos ‘Zawi’ en el Corral del Carbón, el lunes supimos que había sido el libro más vendido de la Feria del Libro. Eso no tiene especial relevancia para la economía doméstica, pero sí para la economía afectiva de este autor. Si usted, amable lector, es granadino y si acepta imaginar que ahora mismo unos cientos de paisanos recorren con la vista las líneas que usted ha trazado durante cuatro años, entonces estoy seguro de que usted entenderá por qué un hilo de sudor frío me recorre la espalda.

Y es por eso también por lo que cuando me tocó el turno en la presentación de la novela, me dí a implorar a tantos muertos, olvidé a muchos y no me atreví a citar a otros. La editora Blanca Rosa Roca, elegante y cada vez más central,  nos había presentado a todos.  Miguel Fernández nos hizo reír y leyó al final un texto magnífico en el que el rey mercenario Zawi Zirí vagaba en busca de autor. Analítico pero exigente, Andrés Sopeña repasó el juego del historiador, el novelista y el poeta; los orígenes, la historia, la verdad y las lagunas en diez minutos y con risas.  Antonio Enrique, el demiurgo, resucitó (no exagero) al gran Almanzor y todos pudimos verlo allí, sacudiendo sobre un cofre el polvo de sus cincuenta y siete guerras ganadas.

Y yo que no había preparado ni una sola frase para aquella tarde impecable de primavera  me puse a hablar de los muertos. No sé por qué. En realidad tampoco sé quien habló a través de mí. Qué no daría yo por saber disfrutar de los éxitos, de la música, de la primavera efímera o de unos versos  sin tener que invocar a los muertos ni padecer esta maldita sensación de irrealidad. O al revés: qué no daría yo para que la desdicha, la desazón y el miedo no fueran tan reales como lo son incluso en la primavera más tenaz de cuantas  recuerdo. Sé que vienen ahora algunos de los mejores días de mi vida, pero sólo sabré vivirlos desde la nostalgia. Parece como si la nostalgia remitiera a los recuerdos y parece que los recuerdos habitaran en el pasado, pero estos días yo ya tengo nostalgia del presente. ¿Quién nos infundiría esta tan mala educación sentimental?

 

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