La dentadura

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Por entonces cumplíamos los veinticinco y no había condenas biográficas, ni recuerdos grandes. Mi amigo Lucas, del que ya les he hablado alguna vez, viajaba con frecuencia desde Alemania, donde estudiábamos, a Italia. Una tarde, en las terrazas de la Plaza de San Marcos, vio sentada en otro velador a una señora alemana en torno a los sesenta: ojos verdes, pamela de paja clara, vestido lila suave, corte de pelo dulce y correcto, y aire distinguido. Sin mirarla nunca de frente para que ella pudiera observarlo sin incomodidad, Lucas pasó mil veces los labios por el borde de la copa alta de cristal tallado. Y cuando el camarero le dijo que había sido invitado por la señora, la miró, se levantó apenas de la silla, dejó caer el flequillo, y lo retiró con la mano mientras sonreía con amplitud para mostrar su impecable dentadura blanca de gitano y para decir: “Grazie tante, signora”.

Ella no tardó mucho en levantarse. Lucas la siguió discreto bajo los faroles ya violetas de la Dogana. Cenaron en un restaurante diminuto, con cubiertos de plata y los nardos justos sobre el mantel. Se rió con ella, fue cortés y elegante, le quitó importancia a sus quejas coquetas, que si las arrugas de los labios, que si la caída de los pechos… En los postres le acarició la mano. Llevaba una aguamarina del mismo color que el vestido. Se hospedaba en el hotel más caro de Venecia, con ascensor de hierro y luces oblicuas como las de Bertolucci. La habitación tenía alfombras y telas granate en las paredes. Sobre el edredón carmín de la cama, lo desvistió despacio. Lucas eligió la espalda como territorio para las caricias: la piel de la espalda envejece más despacio. A ella, el sudor del deseo la fue descomponiendo: su melena dulce y correcta tenía calvas hondas y sus pechos estaban lacerados por manchas grises.

En la ducha, Lucas se frotó mil veces todo el cuerpo y se enjuagó la boca con agua caliente pero, antes de irse, le besó los ojos dormidos. La dentadura de la señora estaba dentro de un vaso de agua, sobre la mesita de noche. Bajo el vaso había un sobre: contenía un poema de Rilke y un cheque al portador emitido en marcos alemanes que tenía el mismo color lila del vestido, de la aguamarina y de las flores silvestres de su pamela.


 

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