La culpa es de Brahms

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Una vez vi el océano Pacífico. Un amigo de la ciudad de Valdivia en Chile, me llevó en su coche hasta la playa más cercana. No nos bañamos. Era invierno austral. Sólo metí los pies y una mano pero –si es cierto que el batir de las alas de una mariposa en Singapur puede provocar un tornado en Los Ángeles– aquella breve entrada mía en el mar cambió el Pacífico. Frente a las pirámides, Borges tomó un puñado de arena, lo esparció y nos cuenta que ese es su recuerdo más intenso de Egipto, porque cambió el Sahara. Tuerces una esquina, caminas diez pasos de más, te retrasas cinco minutos, eliges un disco, lo oyes y eso puede cambiar tu vida.

Sólo cambio los detalles de lo que les voy a contar, dejo intacta la sustancia. Me lo contaba un querido amigo más o menos así: le ocurrió hace un par de años o siete, era una tarde de otoño, acaso la primera en la que piensas en encender la estufa eléctrica bajo la mesa del estudio. Se disponía a trabajar toda la tarde después de una brevísima siesta en el sofá, cerró la puerta del despacho, encendió el ordenador y mientras cargaba la configuración, se deleitó eligiendo un disco. Sonó una pieza de Brahms. A los veinte minutos se acercó al equipo de música y elevó el volumen. Comprobó en la carátula que lo que sonaba era ya el penúltimo tiempo, el andantino. Le gustaba tanto aquella interpretación que cerró los ojos y pensó en el infinito. Trató de recordar la pesadilla que había tenido en la breve siesta del sofá. No pudo porque de repente experimentó un fuerte dolor en el alma. Sí en el alma. Desde ese día, una depresión lo tuvo secuestrado durante dos años. Cuando lo cuenta ahora no sabe si se acuerda del disco porque estaba oyéndolo cuando lo infartó la melancolía o si, por el contrario, fue el quinteto de Brahms, o la pesadilla irrecordable de la siesta o el triste calor de la estufa eléctrica en los pies, lo que le provocó la depresión.

Desde que oí esta historia, me niego a elegir la música que escucho. Todos los discos que me gustan están en una estantería. Pongo el primero por la izquierda y cuando lo oigo lo coloco a la derecha. Jamás elijo. A veces suena el Camarón y a veces Wagner. Ayer vino una amiga y sonaba una copla (Me embrujaste), por la noche sonó Radio Tarifa y hoy está sonando el quinteto para cuerda y clarinete opus 115 de Brahms. (Es por eso por lo que me he acordado de la historia de mi amigo).

Nos encontramos en la plaza de la Universidad y quedamos en llamarnos un día. Han pasado seis años, hace un par de semanas me pareció verte, salías de una tienda y creí que me mirabas mal. Pero al poco tiempo recibí un correo de alguien que llevaba tu apellido y la inicial de tu nombre. No sé si eras tú. Sé que cuando iba a leerlo apreté la tecla que no debía y tu mensaje –si es que era tuyo- desapareció para siempre. No tengo tu dirección y así es la vida, cruzas una plaza, pulsas una tecla, pierdes un avión, pones un disco y cambia todo. No sé si pedirte que me reenvíes ese correo.


 

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