Granada busca a su Herodoto

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A la hora de la siesta, cierro los ojos y puedo imaginar que oigo el son del mar, pero no es el mar contemporáneo de los chambaos y la samba, sino el de las viejas tabernas del Mediterráneo oriental. En una de ellas, Herodoto debió de oír la historia de Kolaios, el marino que atravesó las columnas de Hércules y guiado por los dioses alcanzó la ciudad de Tartessos que hasta entonces no había sido nunca visitada por los griegos.



Cuando escribió la historia de Kolaios, Tarsis era todavía una ciudad viva aunque sobre ella pesara ya la amenaza bíblica de la destrucción y, sin embargo, Herodoto escribió la elegía de aquella ciudad del remoto Occidente. Imaginó las columnas de oro arrasadas, los pantanos cubriendo las calles, las marismas lamiendo las columnas.

Curioso porque pasaron miles de años hasta que un almirante almohade, en pleno siglo XII, mandó arrasar las columnas de Hércules y el templo que el dios tenía en Gades. Maimún, que es el mal nombre del almirante invasor creyó que las columnas eran de oro macizo y mandó expoliarlas, pero sólo halló una finísima capa dorada que cubría unas columnas de bronce macizo. Maimún, fanático religioso, monje guerrero de las estribaciones mauritanas, nunca oyó hablar de Herodoto, ni visitó las tabernas con las que yo sueño este verano. Pero Herodoto sí conoció la desgracia de Maimún milenios antes de que ocurriera y compuso una elegía anticipada.

Al atardecer, cuando el calor nos da permiso para salir, los dos vamos encontrando una ciudad que a Eva -de otra tierra- le parece tan antigua y desconocida como a mí. La ciudad está herida y va arrastrando sus historias oxidadas. Debajo del gris del ecocidio, se intuye todavía el anaranjado de los atardeceres, los ocres toscanos del Realejo y el blanco del Albayzín. El paseo de los Tristes, los aljibes ardientes, la vaga astronomía de las gotas de agua en los patios recién regados, los zaguanes de mármol con celindas, los niños en las pocas plazas, la sombra de las parras, las aceras desiertas a media tarde… Todo eso es sólo la prueba de que el tiempo se fuga por huecos misteriosos. A lo mejor exagero y faltan mil años para que un almirante almohade, un alcalde inmoral o un constructor despiadado acabe de una vez con Granada y la convierta en un barrio de Armilla. Pero es seguro que esta ciudad está buscando ya quien le escriba su elegía.


 

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