He vuelto a fumar (lo cual no sólo me concierne a mí)

d632334130a2b9d194362b7d857b88bf

He vuelto a fumar y me parece que el asunto tiene algo de público, que no incurro en obscenidad si se lo cuento a ustedes. Sé que a algunos lectores no les gusta que dedique esta columna a asuntos personales de mi vida cotidiana. Uno de ellos lo dice con mucha gracia: “A Serrano se le ha roto el frigorífico y esta semana nos lo cuenta en el caorama”. 


Esta vez no es así. Fumar produce enfermedades, pero fumar esclaviza y eso tiene una dimensión pública, no sólo sanitaria.

El caso es que fumo desde que cumplí los dieciséis. A Philip Morris (Marlboro) y a Tabacalera (Ducados) le debo la pérdida de mis dientes y dos operaciones del oído. Casi todos los problemas de salud que he tenido en mi vida vienen del tabaquismo. Eso hasta donde uno sabe, porque luego está lo que podríamos llamar el coste intuido del tabaco: es decir, lo que no has hecho o te has perdido por las conductas evitativas. Más el peor: el eventual daño a mis seres más queridos, y no sólo físico.

Tras muchos intentos logré dejarlo por completo hace tres años. Lo logré leyendo el libro de Allan Carr dos o tres veces, convencido y tranquilo. Fue un regalo para mí y mi regalo de cumpleaños para mi hija. Eso sí: comía mucho más de lo habitual, llegué a beber hasta una botella de vino al día y mascaba chicle sin cesar. Con ese cóctel, pillé veinte kilos de peso. No es ninguna broma el sobrepeso cuando hace insufrible la propia imagen, pero desde luego no estaba dispuesto a volver a fumar para perder peso. Tampoco volví a fumar en momentos dificilísimos, los peores días de mi vida están en medio de estos tres años. He pasado por la muerte de mi madre, un divorcio, una mudanza y unas oposiciones. Nada de eso me hizo recaer.

Por curiosidad, un día lié un cigarrillo. Una semana después, otro. En una excursión con amigos me lié otros dos cigarrillos, o siete. Una noche después de cenar en un restaurante pedí un puro. En apenas un mes he vuelto a mi dosis diaria de cinco puros Vegafina de buen tamaño. Ya está. En mi garganta vuelve a haber moco, la cabeza vuelve a dolerme cada mañana, tengo menos ganas de montar en bici, nadar o correr. Evito los lugares donde está prohibido fumar, me paso horas en la terraza para no apestar la casa, me pitan los oídos…

Enfermaré pronto, eso es seguro, pero no es lo peor. Lo peor es que durante tres años he sido un liberto, y ahora vuelvo a ser un esclavo del tabaco. No es el cáncer o el enfisema, es que fumar esclaviza. Este es el lema que tendrían que poner en las cajetillas: fumar esclaviza. Esto es lo que tiene de público el asunto de mi recaída. Si una sola persona pierde la autonomía moral, la sociedad entera tiene peor calidad. Y, por lo que leo, no soy yo solo quien ha recaído. No quiero ser objeto de políticas de atención sanitaria, quiero recuperar mi libertad. Los estados se permiten prohibir drogas mucho menos adictivas, encarcelan a gente por tomarse una pastilla o por tener una maceta de cannabis y, sin embargo, se lucran con el tabaco y el alcohol. No sólo mediante los impuestos, sino también mediante la conversión de un ciudadano libre e igual en un vasallo. No se me ha roto el frigorífico, he vuelto a fumar y eso quiero que lo sepan mis amigos. Volveré a dejarlo apenas reúna fuerzas para dar una batalla que ya sé que no es fácil, porque no es una batalla contra el tabaco, sino por la libertad.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>