Ger Anat

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A veces un nombre lo resuelve todo. Desde que terminé de redactar “Zawi” busco en Granada a Granada, la judía. Durante los cuatro años que tardé en escribir aquella novela veía con relativa claridad quiénes eran los mercenarios moros o vascos y quiénes éramos nosotros. La claridad se perdía con los judíos. Algo me decía que fuimos judíos, algo me decía que no.

Este era el problema. Las pistas eran numerosas, pero sobre todo había un nombre sonoro: Garnata al Yahud. El maestro Antonio Enrique proponía la etimología Gar (cueva, en lenguas semitas) y Nata (diosa fenicia). Mi amigo José Antonio Ruiz de Almodóvar descreía de este origen. Sentados tras la vidriera de un café de la calle Varela me describió la ciudad judía con tal viveza que me pareció que por allí fluía. Ayer me escribió y me propuso esta etimología: Ger Anat (campo de refugiados en hebreo) se convirtió en Garnata, en la lengua árabe. Se confirma así lo que los judíos granadinos siempre dijeron de sí mismos: que eran macabeos, llegados en el año 70 después de la destrucción del Templo. Antes de ese siglo es probable que los hebreos ocuparan los asentamientos fenicios por toda la costa del Mediterráneo, pero fueron los romanos quienes trajeron judíos, propiamente dichos. Eran judíos de la ciudad santa a los que se le prohibía volver. Fueron embarcados a la fuerza con destino al lejano occidente. Y aquí llegaron. Ruiz de Almodóvar imagina a una centena de ellos desembarcando en Almuñécar y acampando después en lo que hoy es el alto Realejo, acaso bajo la protección de un castro ibero-romano

El nombre de Ger-Anat parece explicarlo todo. En la memoria del flamenco, Granada no era el Albayzín alegre, sino la Jerusalén que sube desde la aljama de Santa Ana hasta el Campo del Príncipe. Por eso, los confines temporales de aquella ciudad había que buscarlos en el espacio: en la caída de la tarde del sábado y en las más altas calles del Realejo. Cuando buscábamos a Ger Anat en el Albayzín no aparecía. Salvo algún recodo de la cuesta de María la Miel, el Albayzín tiene la alegría de la verja negra y del celindo en flor, la tapia blanca y la luz andaluza de Tartessos. No está en esa colina la marca del Edén perdido que sí tienen las calles de la Antequeruela. Granada la levítica estaba en la memoria del peso de la Fe, en ese olor a culpa infantil de los domingos por la tarde sin haber oído misa.

Si somos la ciudad, si la ciudad nos constituye entonces los granadinos somos elaboraciones de esa mitología de la traición y la culpa. Somos crípticos como el anillo de un obispo, como los patios de los cármenes, como los exiliados que saben que están infiltrados por los poderes policiales de su lejano país, como los refugiados en su campamento que el destino querrá convertir en ciudad, es decir, en nosotros.


 

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