Fragmentos de un diario del 11M

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Jueves 11 de marzo de 2004.-  Las bombas no estaban puestas en las estaciones de Madrid, sino en el corazón mismo de la democracia y el estado de derecho. No han sido atentados indiscriminados, sino selectivos. Los terroristas eligieron bien a sus víctimas, porque sus víctimas somos cada uno de nosotros.



El objetivo de Al Qaeda no era cualquiera que pasara por allí, sino la misma idea de ciudadanía, el ciudadano que tiene y ejerce el derecho a tener derechos, el derecho a participar en la vida pública, y a elegir a sus representantes, o sea que los objetivos eramos usted y yo. No eran bombas contra el poder, sino bombas contra la idea de que el poder no depende de la violencia, sino del voto de cada ciudadano libre. No eran bombas políticas, sino antipolíticas. No eran bombas de oprimidos, sino bombas contra la idea de que la libertad individual puede acabar con toda forma de opresión. No eran bombas permitidas por la debilidad de las leyes de la democracia, sino bombas puestas para que la democracia reaccione con instrumentos de terror y se suicide, es decir bombas contra la misma democracia. No eran bombas para provocar el desorden, sino bombas hechas para provocar el advenimiento de un orden absoluto sin ciudadanos y con máquinas de guerra. No eran bombas de una guerra particular, eran bombas para universalizar la guerra, para que todo lo que es paz productiva, se convierta en guerra generalizada. No eran bombas de venganza, sino bombas para despertar en los ciudadanos la lógica de la venganza. No eran bombas contra la debilidad del estado de derecho, sino bombas puestas para provocar que el estado de derecho administre mal la violencia, genere violencia, provoque la espiral de la violencia y se suicide así como estado de derecho. No eran bombas electorales, sino bombas contra las elecciones. No eran bombas para resolver un conflicto político, eran bombas contra la misma idea de que los conflictos se resuelven en el templo de la política y no en los campos de la batalla. No eran bombas para contribuir a la libre determinación de los pueblos, sino bombas para demostrar que ninguna determinación ciudadana es libre o que toda autodeterminación pasa por armas y explosivos. No eran bombas para forzar una negociación, sino bombas contra el diálogo libre y productivo entre ciudadanos. No eran bombas contra el estado, sino bombas contra el individuo, contra su duración y su dignidad. No eran bombas contra las invasiones, sino bombas para invadir por la fuerza el territorio simbólico y sagrado del individuo soberano. No eran bombas para que olvidemos Iraq, sino bombas para pensar que vivimos en Iraq. No eran bombas para eliminar a dos centenares de electores, eran bombas puestas para que todo el cuerpo electoral se sienta muerto. No eran bombas para herir a un millar de personas, hay millones de heridos: cada uno de los llamados a votar el domingo. El domingo cada uno de los ciudadanos muertos y cada uno de los trabajadores heridos debería ser reemplazado por mil abstencionistas que dejen de serlo. Sólo conoce la verdadera democracia quien renuncia a vivir atemorizado. Del terror y del miedo no nos librarán los músculos ametrallados de ningún rambo, ni los nervios de ningún estado totalitario, nos librarán los derechos ejercidos, las urnas atiborradas de papeletas.

Jueves 11 de marzo de 2004, a las seis de la tarde mando a La Opinión el artículo anterior. Convencido de que la matanza había sido provocada por ETA militar, sostengo que es un atentado contra la democracia al que sólo se puede responder atiborrando las urnas. A estas horas todavía no he decidido a quien le votaré el domingo, pero ya es seguro que iré a votar. Todos los políticos, comentaristas y columnistas piden lo mismo: el voto. A quien sea pero el voto. A las nueve, enganchado a Internet, ya no me cabe ninguna duda: ha sido Al Qaeda. Releo el artículo que he mandado horas antes y no hay que cambiar ni una coma. Sólo hay que poner “los terroristas”, donde antes ponía “ETA militar”.

Domingo 14 de marzo. Le pregunto a mi hija a quién vamos a votar. “Al Barça” me responde con absoluta seguridad. Me río, pero cuando voto pienso en ella y, por primera vez en mi vida, voto al PSOE. Cuando llegan los primeros resultados doy saltos de alegría. Mi hija me pregunta: “¿Es que ha ganado el Barça?”. No, lo que me alegra no es quien ha ganado, sino quien ha perdido. Mi hija vivirá en una sociedad en la que el voto no es fruto de un cálculo utilitario, sino también de grandes cuestiones morales.

Miércoles 17 de marzo. Vuelvo de Madrid, donde he visto por casualidad las concentraciones de simpatizantes del PP en la calle Génova. Ceno con las declaraciones de Pilar del Castillo, más o menos dicen así: La manipulación descarnada de los sentimientos de dolor ha conducido, entre otras cosas, a que personas que habitualmente no participan lo hayan hecho en esta ocasión dado el clima de alta tensión emocional. Vuelvo a leer y no me creo lo que estoy leyendo. Esta señora es catedrática de sociología y sabe lo que dice y, como todos, pidió la participación después de los atentados.Y ahora ¿qué está diciendo? ¿Que la participación sólo era deseable si favorecía al PP? Decidí votarle al PSOE, por primera vez en mi vida, en el preciso instante en que supe por la prensa extranjera que Ana Palacio enviaba un telegrama dando instrucciones a los embajadores para que sostuvieran la autoría de ETA. Ahora resulta que según la diputada electa, mis sentimientos de dolor fueron descarnadamente manipulados para empujarme al voto. A estas horas la pregunta es ya si han aceptado el resultado de las urnas.

Jueves 18 de marzo. Estoy escribiendo este artículo cuando me telefonea un amigo: que lea el artículo publicado en la página 29 de La Opinión de hoy y una carta al director que se titula “gracias terroristas”. El artículo contiene rabia, injurias, diez o doce calumnias y una frase estremecedora: “ahora sabemos que este pueblo es incapaz de aceptar las responsabilidades que pueden acarrear las decisiones…” O sea, que hemos votado lo que no debíamos y esto hay que arreglarlo. ¿Será sólo un berrinche de mal perder?

Miércoles 17 de marzo. Por casualidad, a mediodía paso cerca de la calle Génova de Madrid. Me llaman la atención unos jóvenes envueltos en la bandera constitucional. Me voy detrás de ellos y me veo en medio de una concentración espontánea ante la sede del PP en la que dos o tres mil personas protestan todavía no sé muy bien por qué. Llamo a un amigo para que oiga los gritos: Almodóvar payaso, España una y no cincuenta y una, Zapatero manipulador, Es de bien nacidos ser agradecidos, Bin Laden ha ganado, Polanco delicuente, sin la Ser no sois nada….

(¿Serán conscientes de la carga filosófica de este último grito: el ser y la nada, pero con el género invertido: la ser y el nada?). Rajoy se asoma a la ventana y después salta a la marquesina: entonces hay un grito unánime: presidente, presidente. Me alejo un poco. Vista desde lo alto de la calle, la concentración entera parece uniformada. Los muy jóvenes llevan polos color pastel; los treintañeros: chaquetas azules cruzadas, estilo sevillano, con botones de ancla y corbatas grandes y amarillas, estilo Tamayo; los maduros: cazadoras austriacas, estilo Álvarez Cascos; las señoras mechas rubias con pañuelo al cuello sin anudar de Burberry o Cacharel.

Jueves 18 de marzo. Lo decía Ortega y Gasset en 1917: sólo el PSOE puede vertebrar a España. Si Aznar sigue cuatro años más esto explota, Euskadi y Catalunya se hubieran ido… Andalucía (de esto no estoy tan seguro) detrás. Es curioso, pero los votantes de la izquierda y de los nacionalismos periféricos hemos salvado lo que más le importa al partido nacionalista español, el PP: la unidad de España. No hay paradoja: acentuar la pluralidad conduce a la unidad, siempre que esta unidad sea una unitas multiplex, como las Españas. El rey sabe esto y debe de estar muy contento con el resultado electoral. El problema es quién lo explica ahora en el barrio de Salamanca.

Miércoles 24 de marzo. Tengo dos fotos pegadas con imanes en la puerta del frigorífico. En una se ve a Acebes con traje y corbata negra, rostro crispado y, de fondo, las columnas del escudo y una gran bandera nacional, en cuyo centro está de nuevo el escudo con las columnas del plus ultra. En la otra fotografía se ve a Zapatero en la primera comparecencia después de la victoria. Junto a la bandera constitucional está la europea. Se agradece el detalle.

Jueves 25 de marzo. Leo la crónica del funeral por las víctimas y también, por encima, las biografías que publican algunos periódicos. Una chica tenía el traje de novia comprado, un inmigrante marroquí acababa de escribir a su hermano para que viniera, Sonia no había cumplido los treinta… Para un escritor aquí hay doscientas novelas cruzadas, pero nadie con corazón puede seguir leyendo esto con sosiego. Lo decía Jhon Donne “Nunca mandes a nadie a preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Demasiadas lágrimas para tan pocos ojos

Jueves Santo, sin duda la tarde más bonita del año en mi casa. Me acabo de enterar de que mañana Viernes Santo, aparece La Opinión, de manera que tengo que componer el caorama y enviarlo en una hora. Elijo tema: Farruquito. Un tipo que conduce a 140 kilómetros por hora por las calles de Sevilla, que atropella y mata a un hombre, que se da a la fuga y que intenta simular después que ambos delitos los había cometido un hermano menor de edad. A las seis, una amiga aparece en el Messenger, me interrumpe y me pregunta que si estoy al tanto de lo que está ocurriendo en Iraq.

Sábado, 13 de marzo, después de navegar por New York Times, Le Monde, Il Corriere… Veo a Acebes en la televisión y siento miedo. Su empeño en separar los atentados del 11-M y la guerra de Iraq es tan grande, que lo veo claro: van a perder las elecciones. Llamo a un amigo de Madrid y me cuenta que todo está bien allí: los funcionarios de policía no están dispuestos a sacrificar su profesionalidad y van a seguir dando información. Por la noche veo a Rajoy y me asusto, oigo a Rubalcaba y lo veo tan moderado y cauto que me asusto más, veo a Zaplana y ya pienso lo peor. Sigo leyendo prensa extranjera. Llamo a varios amigos y todos tienen miedo. Lo curioso es que una amiga, votante del PP, acaba de llevarse a casa a su madre, por miedo a los manifestantes. Teme lo mismo que yo, pero al revés. El miedo.

Viernes 12 de marzo, voy a la concentración de mi Facultad. Un compañero, votante del PP, utilitarista y analítico, me dice que es un error pensar que la gente vota por grandes cuestiones morales. “Desengáñate -me decía-, el acto de votar es un cálculo utilitario de costes y beneficios”.

Pues no, resulta que la gente con “dinerillo en el bolsillo” gracias al PP, le ha votado al PSOE porque se opuso a la guerra. Lo cual implica que los ciudadanos están dispuestos a no llevar ciertas marcas, si se enteran de que la fabrican los niños; a ser menos ricos, si el mundo es más justo. Da tranquilidad saber que vivimos en una sociedad que no orienta su voto sólo sobre la base de un sinvergüenza que se lleva el dinero, o de un crecimiento del 2 o del 3 por ciento. Reconcilia saber que también las guerras, el medio ambiente, los malos tratos, o el trabajo infantil pueden cambiar un resultado electoral. Sin miedos.

Jueves Santo, otra amiga me pone un mensaje en el teléfono móvil, dice así: células durmientes de al-Qaeda tienen la orden de actuar esta noche en Granada. Otra vez el miedo. En Iraq, cincuenta mil chiíes y suníes marchan desde la capital iraquí hacia Faluya (a unos 50 kilómetros al oeste), seguidos de camiones cargados de víveres y medicamentos que quieren hacer llegar a la población de esta ciudad, asediada desde hace tres días por las tropas estadounidenses. Los aviones de “la coalición antiterrorista” comienzan a bombadear la columna. Pero no hay cincuenta mil terroristas en todo el planeta y aunque los hubiera, nunca se juntarían en una manifestación. Eso que avanza no es un grupo terrorista es un pueblo. Lo peor de esta guerra es cómo combina la mentira con el miedo.


 

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