¿Cómo era la vida antes?

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Ya hace más de veinticinco años. Cuando yo era estudiante de Derecho había una sola fotocopiadora en la calle de San Jerónimo. Se ponía un duro —lo cual era una cosa muy seria— en la ranura de una máquina, y salía un folio borroso, largo y húmedo. Aquello era tan serio que sobre una misma fotocopia estudiábamos varios y, como era lógico, estaba prohibido subrayar.



Además con el paso del tiempo la tinta se difuminaba hasta borrarse. ¿Cómo podíamos estudiar sin fotocopias y sin subrayar? Después vino la tesis doctoral: rellené a mano cientos de fichas y cuadernos, y la transcribí con una máquina eléctrica -lo cual era un lujo-. Dos o tres meses antes de defenderla, una mecanógrafa la pasó a limpio, se fotocopió —ya estábamos en plena década socialista— y se encuadernó. Ahora me pregunto cómo se puede hacer una tesis doctoral sin ordenador. Imagino que análoga pregunta se la pueden formular los mayores con los automóviles o con las lavadoras, con el agua corriente o con la luz eléctrica.

Cuando mis niños eran pequeños, los dormía acunándolos en mis brazos. Y como no me sabía ninguna nana, les cantaba La estatua del jardín botánico de Radio Futura, que parecía relajarlos, aunque se dormían mejor con El himno a la libertad de Labordeta. De esto que les cuento no hace veinticinco años, sino mucho menos, y la prueba es que yo sigo sin saberme ninguna nana y mis hijos siguen sin saber qué cosa es un paria de la tierra. El misterio reside de nuevo en que este escaso intervalo de tiempo histórico —apenas un veinte por ciento de mi vida— me parece ahora perpetuo. ¿Cómo era la vida antes de que ellos estuviesen aquí?

Ahora ni siquiera puedo llevarlos en brazos a la cama, cuando se me quedan dormidos en el sofá. En realidad, ya no se me quedan dormidos, sino que se duermen. Puedo arroparles el cuerpo si se destapan por la noche, pero no puedo abrigarles el alma porque duerme ya en otra casa del futuro que no es la mía y que yo no puedo visitar ni siquiera en sueños. Mañana, el mayor cumplirá siete años y, si por mí fuera, cumpliría uno o dos, como mucho tres, para poder acunarlo de nuevo. De todas formas, feliz cumpleaños, Pepe.


 

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