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En qué estaría yo pensando

Después de una velada, dos amigos acompañan a un matrimonio hasta su casa. En la puerta, la señora se despide con cortesía de uno de los amigos, pero al otro lo toma del brazo y se gira para entrar con él en la casa. El marido con sentido del humor se quita el sombrero y dice: “¡A sus pies señora, buenas noches!”; y hace ademán de marcharse con el otro.

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Del sueño y la memoria

Pensaba yo que los sueños reiterados eran cosa de un pasado excesivo y desordenado y que no volverían ahora que he abandonado la noche y la desdicha y que cultivo las mañanas y la serenidad. Sin embargo, hace treinta días o más que padezco un sueño reiterativo: sueño que estoy reconstruyendo mi memoria.

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El arte del olvido y el arte del perdón

Me hablan de un gurú instalado en Granada y que practica el arte de la adivinación. Enseguida pido su dirección. El gran placer de las artes adivinatorias no está en verificar cómo aciertan o en demostrar que fracasan, sino en la verdad que transmiten: que el futuro es tan inamovible como el pasado, que ocurrirá lo que tenga que ocurrir, que hagas lo que hagas te equivocarás. La adivinación es por eso una fuente de serenidad.

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Llámate Federico

Mi colega y amigo se hace llamar Kiko, aún llamándose Federico. Hace unos meses, él pasaba una temporada de estudio en Alemania y manteníamos un intercambio de correos electrónicos sobre contenidos de nuestra disciplina. Una noche observé que firmaba los suyos no como Federico, ni siquiera como Kiko, sino como K.  

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El tercero de la foto

Puso a salvo a su esposa y a su hija. Esperó la llegada del Dragon Rapide. Para reclutar soldados hizo correr la voz por Tetuán de que se había convertido al Islam. Cruzó el Estrecho, demoró la guerra cuanto fue preciso para asegurase el caudillaje. Después firmó incontables penas de muerte. Ningún dictador, ni siquiera Hitler (lo dice Paul Preston, que no es un rojo) mató a más hombres en tiempos de paz. Lo veo sentado en el asiento de atrás de su enorme coche negro firmando sentencias de muerte: “a este que le den café” -dicen que decía con…

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Del Eterno Ahora

Hace un par de semanas saludé a Francisco Ayala y, desde entonces, no dejo de pensar en la larga vida y en la buena cabeza. Leo, por eso, que la memoria es un músculo y que debe ser entrenado como cualquier otro. Leo que el trabajo continuo en el ordenador no sirve para el entrenamiento de la memoria. Por el contrario, la debilita porque nos permite delegar en la memoria electrónica lo que antes sosteníamos en la memoria neuronal. Tan entretejido está este ordenador en el que escribo con otros hábitos de mis días que creo estar perdiendo la memoria.