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La romería

El domingo pasado como todos los años por estas fechas, el pueblo de Granada subió en romería a la abadía del Sacromonte. Cabe pensar que los ciudadanos repiten este acto cada año porque le gustan las habas y las salaíllas, el sol y el paseo. No lo niego. Cabe pensar que lo importante es la fiesta y no lo que se celebra. Tampoco lo niego. Pero esto son las causas de la mayor o menor concurrencia de público, pero no el fundamento de la fiesta.

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Nada que celebrar

Cada fecha tiene su significado: 6 de diciembre significa Constitución, 4 de diciembre y 28 de febrero, Andalucía. El 14 de abril no puede significar monarquía, ni el 18 de julio, república. De la misma manera, el 2 de enero no puede significar Granada. Toda conmemoración es una selección, porque el pasado es demasiado complejo para celebrarlo entero. Ninguna fiesta es natural ni neutra. No vale decir que esto es “de toda la vida”, ni preguntar qué de malo tiene gritar “¡qué?” tres veces en la Plaza del Carmen o subir a tocar la campana de la Vela.

Pongamos que mañana es 4 de diciembre

Puede que Andalucía no haya salido mal parada. Me dicen que sí. Puede que no. No lo sé. Ya nos enteraremos cuando hablen los que tienen que hablar. Sin embargo, hay algo claro: bien o mal parada, Andalucía ha estado ausente. La negociación del nuevo modelo de financiación autonómica se ha hecho entre dos interlocutores: Cataluña y el Estado español. Hay otros dos ausentes: País Vasco y Navarra, pero estos son ausentes de lujo, ausentes por sus fueros. Las otras catorce autonomías han sido espectadores pasivos.

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Aunque la Toma se vista de liberal

Como esta semana ando por Barcelona y sin ordenador, mi contacto con la vida granadina se limita a las consultas de prensa digital en los cibercafés. Y me he dado cuenta de algo curioso: los primeros días de enero todo el mundo habla sobre las fiestas de la Toma, pero a estas alturas del mes parece ya tema olvidado. Creo que hoy voy a ser el único columnista que se ocupe del asunto. Se lo advierto, querido lector, para que deje de leer de inmediato si es un tema que le incomoda.

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De la idiocia y la imbecilidad

Por etimología, un idiota es el que no se ocupa de lo público, el que delega en otros la gestión de asuntos que son suyos porque son de todos. Imbécil es el que no sabe distinguir sus propios problemas de los problemas sociales, el que permite que su personalidad sea arrasada por el entorno y, a cambio, obliga a los demás a asumir como universales sus problemas individuales. La idiocia y la imbecilidad son enfermedades sociales opuestas y que sin embargo se tocan por el extremo.