El tipo del paraguas

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Vi a un tipo que ponía el paraguas abierto delante del autobús. Las categorías del gamberrismo son inabarcables. Era el martes temprano y aquel tipo grande no dudó en poner su paraguas abierto delante del parabrisas de un autobús. Me pregunto qué clase de gamberro será. Llovía y el microbús del Albayzín subía por la Carrera abarrotado de jóvenes. Y allí estaba aquel personaje con su paraguas negro, abierto como si nada, parando el transporte público y poniendo en riesgo la vida del conductor y de los pasajeros.

Me pregunto si aquel gamberro no será de esos enemigos del transporte público que luego se queda fascinado cuando ve subir un Jaguar o un Mercedes. El caso es que aquel tipo caminaba pegado a las fachadas y, ya llegando a Plaza Nueva, cuando la calle se estrecha dificultando el paso de los vehículos, vio venir al microbús del Albayzín. Y no lo dudó, oye. Estiró el brazo con la sombrilla abierta y obligó al conductor a frenar. No sé adónde vamos a llegar. El caso es que el tipo, más chulo que un ocho, no salió corriendo, sino que encima le plantó cara al conductor: “¿Qué pasa?” -le pregunto el joven chófer. “Pasa que tenías que parar y has parado” -le dijo el otro sin inmutarse. El joven conductor, siempre más prudente que el tipo del paraguas, dijo algo así como “si no fuera por el contrato en precario que tengo, te ibas a enterar tú de lo que vale una sombrilla”.

Ese es otro tema a considerar en esta historia: la absoluta falta de respeto de aquel viandante del paraguas para con un muchacho que llevaría desde el amanecer al volante, que cobrará mil euros si es que los cobra y que a los tres meses se va otra temporada al paro. El caso es que el muchacho arrancó y se alejó de allí humillado. Llevaba el microbús cargado de quinceañeros intrépidos que lo hubieran jaleado en el caso de que se hubiera animado a darle su merecido al gamberro del paraguas abierto. Pero ahora mantenían un discreto silencio, solidario con las precarias condiciones laborales de este esforzado chófer veinteañero. Al fin y al cabo es lo que les espera también a ellos.

Todavía no les he contado lo peor de la historia: dos niños que acompañaban al tipo del paraguas de seis y nueve años más o menos, le rieron la gracia. Esos son los valores que estamos transmitiendo. Esa es la educación que estamos dando. Un tipo detiene el transporte público, con riesgo y por capricho, después se envalentona con un joven trabajador asalariado y sus hijos le ríen la gracia. Ya es hora de que nuestra sociedad aborde en serio este problema de la formación…

Sólo me falta contarle algunos detalles: el primero, es que el tipo del paraguas era yo. El segundo es que el intrépido veinteañero tomó la curva de entrada a la Carrera sin aminorar una velocidad que bien podría andar por los cincuenta kilómetros por hora. Llovía, llevaba mi maletín, la mochila de mi hija y un paraguas. Me seguían mis dos hijos con sus respectivos paraguas que le impedían la visión. Un andamio negro y podrido lleva cuatro años estrechando ese tramo de la Carrera. En ese punto han sido atropelladas varias personas. Después de atropellar a una chica, un conductor paró el autobús y le exigió que le pusiera bien el espejo. Hay un disco que prohíbe circular a más de 20. Nadie ha atendido la petición de los vecinos de que se pongan obstáculos físicos a la velocidad. Soy decidido partidario del transporte público y del trabajo indefinido, y es cada vez más urgente que cierren a los coches Plaza Nueva y la Carrera del Darro.


 

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