El talego de los recuerdos

Charo-la-primera

Ayer, nos fuimos encontrando en la plaza de la Pescadería y comenzamos a hablar de Ratzinger, como todo el mundo en estos días. Pero Antonio estaba raro, como esta primavera fría y efímera, y comenzó a hablarnos de su infancia. Eran los años del papel pintado. Nos contó que en su casa del Albayzín había un misterioso pozo de agua. Su padre empapelaba las paredes y a las tres semanas, el papel se despegaba entero. Nos contó que en aquella casa el agua caliente no salía por el grifo. En pleno invierno, su madre bañaba a los niños en una tina que iba llenando a calderadas de agua hirviente. La tina estaba en el patio de su casa del Albayzín, primero se bañaban las hermanas, y después los hermanos en calzoncillos.

Nos contó que había agujeros en las puertas que había hecho el inquilino anterior, nos contó adonde daba la puerta de la cocina, cómo se llamaba la vecina de arriba, que criaba gallinas y las llamaba por su nombre… Todo parecía tan remoto que le preguntamos en qué año nació: “En 1965 -dijo- Hoy cumplo cuarenta años”. Todo aclarado.

Hace un año, en la ducha se me ocurrió leer las instrucciones del bote del champú. Creí que me pasaba algo porque me vi alargando el brazo y alejando el bote para poder leer lo del aclarado. Sentí como si tuviera la mirada turbia, como si me estuviera mareando. Y tardé un minuto en darme cuenta que no me pasaba nada, porque repetía el mismo gesto que le había visto hacer miles de veces a mi madre: alejar el periódico para leer una noticia o alejar la aguja para enhebrarla. Fuí a la oftalmóloga que me explicó que de manera casi automática, en torno a los cuarenta y tres, aparece la presbicia. Todo aclarado.

La más vieja de “Las chicas de oro” aquella serie televisiva, comenzaba sus relatos diciendo: Palermo 1928. Mis colegas treintañeros me cuentan las noticias del mundo universitario en estado puro: “Sabes que Fulano le ha gastado tal faena a Mengano”. Para mí Fulano y Mengano son colegas de los que sé tantas cosas que me asusta. “Claro -replico yo-, eso se explica porque en 1982, Fulano y Zutano no invitaron a Mengano, y entonces en Palermo…” “Ya está el Serrano -me interrumpe un treintañero intrépido- con la arqueología del saber”.

Mi padre usaba una expresión que todavía me fascina: “hoy tiene revuelto el talego de las penas” -decía de alguien cuando lo veía triste y quejoso. Para un niño no hay dificultad alguna en colocar el talego de las penas como un órgano más entre el corazón y los pulmones, cerca del hígado. En la edad de la inmortalidad, la anatomía humana no está hecha de vértebras y vísceras, sino de almas, humores, penas y recuerdos. Después viene la fase empirista de la vida, y el racionalismo arrogante de la juventud te lleva a creer en cosas tales como el ADN mitocondriaco o los radicales libres. Y después, poco a poco, te va invadiendo la sospecha de que los virus, la estructura celular o la sinapsis de las neuronas no son más verosímiles que el espíritu, el talego de la penas o las encinas. Eso comienza a suceder al cumplir los cuarenta. Se lo advierto en serio a mis amigos treintañeros: os faltan dos días para que se os revuelva el talego de los recuerdos y para que notéis la necesidad de encontrar alguien dispuesto a escucharos los relatos de Palermo y 1928. Repito, pasa a los cuarenta. A lo más a los cuarenta y tres, cuando os veáis alejando el periódico o diciendo: “niño, enhébrame la aguja”. Todo esto venía a cuento de que ayer no hablamos de Ratzinger, porque mi amigo Mesamadero tenía revuelto el talego de los recuerdos. Feliz cumpleaños, Antonio, y bienvenido al club de los recuerdos grandes.


 

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