El ratón

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Lo vi dos veces. Era gris y negro, con ojos amarillentos de rata y cuerpo de hamster. Era un ratón mutante, cuya trascendencia me va a llevar, queridos y pacientes lectores, al menos dos artículos exponerles.



Todo empezó cuando hace un año me compré un libro, lo cual ya da para un artículo. Pero peor: me lo leí. Y peor aún: me lo creí. Era un libro de Feng Shui y explicaba como organizar la casa con equilibrio. Aunque estaba escrito por una antigua hippie californiana, me pareció muy sensato lo que decía y comencé a ponerlo en práctica. Decía que un rincón de suciedad, una habitación desordenada o un trastero desbordado son síntomas inequívocos de una mancha, un desorden o un desbordamiento del alma. Los primeros consejos del libro eran simples pero contundentes: por ejemplo, abrir el armario y deshacerte sólo de la ropa que no te has puesto en los dos últimos años. Busqué una bolsa mediana pensando que aplicando esa regla iba a sacar sólo dos o tres pantalones y unas cuantas camisas (a diferencia de mi mujer, que podría vestir a un campamento de refugiados completo si cumpliera esa regla). Al cabo de media hora y con un intenso sentimiento de liberación, ya había llenado un saco de ropa sin usar. Allí había doce o trece corbatas ( ¿por qué extraño mecanismo habrían llegado a mi armario corbatas que jamás he usado?); otra docena de calzoncillos de todos los colores y modelos: había unos termógenos de los que llevan en las bases de la Antártida y que debió de comprarme mi madre cuando me fuí a Alemania hace veinte años; había otros verdosos que debían ser de cuando la mili, aunque no tuvieran el escudo de la infantería; camisetas de tirantes de las que llevan en verano los abuelos sevillanos, y camisetas de manga larga cuyo tejido daba calor con sólo mirarlo. Los calcetines desparejados o con un agujero a la altura del dedo gordo ocuparon por sí una bolsa de las de supermercado. Camisas de rayas y de cuadros, con cocodrilos y jinetes jugando al polo; pantalones de esos que pican apenas pasas por una acera soleada; pijamas inauditos con unos lunares que acabarían para siempre con el prestigio de un hombre, y una bata que sólo se pondría Arturo Fernández en una película de las de sujetadores de los años setenta. La estrella de mi estupor fue una camisa de rayas rosas y blancas, con el cuello blanco y duro, que yo hubiera jurado que era del director madrileño de una oficina bancaria donde tuve una vez mi cuenta, que decía ‘okey’ en vez de ‘vale’ y que terminaba todas sus frases con la rica expresión de ‘joder y tal’.

El caso es que le dí toda la razón a la autora del libro de Feng Shui: toda esta ropa representaba los estratos más feos del pasado y deshacerse de ella era condición para que entraran cosas nuevas. Había que seguir: tunos, monjitas y soldaditos de cerámica, a la basura. Estampitas, fotocopias y los números de Le Monde Diplomatique de toda la pasada década: a la basura. Mapas de carreteras de cuando no había A92, manuales de derecho de buques y aeronaves, y un manual de ajedrez del que recordaba haber leído la primera página: a la basura.

Macetas secas, horrorosos tiestos vacíos de plástico negro y piscinitas de cuando mis niños llevaban pañales y chapoteaban felices en las mañanas de verano, a la basura. Tengo un amigo que tiene ahijados en la India y le envía peluches que pesan poco por correo, pues bien: seleccionando sólo los muñecos que jamás había visto en manos de mis niños le llené otro saco.

A comienzos del verano mis dos niños se habían empeñado en comprar un hámster. Se discutió el asunto y se aprobó por unanimidad de la familia. Acepté porque creí que así me libraba de tener que pasear a un perro o alimentar a un gato. Bajamos los cuatro a una tienda de animales. Creo que el propietario del establecimiento pensó que yo me estaba haciendo el tonto cuando le pregunté si los hámsteres eran mamíferos. Pero no, la pregunta iba en serio. Soy de los que hubiera aceptado pulpo como animal de compañía. Bueno, pues el caso es que compramos dos hámsteres y una jaula. Fueron bautizados y comenzaron a rodar en una especie de columpio que había en el interior de su jaula. Llegué a acostumbrarme al soniquete y me olvidé por completo de ellos. Mis hijos, como es de suponer, también.

Un día bajé a la cocina con una taza de café y me llamó la atención el silencio de la jaula. Los vi en tal postura que me dije: “o yo estoy fatal o esto es un 69″. Al poco tiempo, se confirmaron mis temores: el hámster blanco que parecía una ratita de indias era hembra y el hámster de color caramelo que parecía una ardilla minúscula, era macho. Con el entusiasmo de mis niños que asistieron al parto, tres nuevos hámsteres llegaron a mi casa. Después vino la necesidad de separación: unas decían que el macho se comería a las crías por celos, otros sostenían que era la hembra quien se comía a las crías y a mí, en mi ignorancia, me tocó volver a la tienda a comprar otra jaula. Con la ayuda de una experta, los separamos según sexo. Las tres hembras, madre y dos hijas parecían vivir en concordia. Los dos machos padre e hijo, primero se pelearon y después se deprimieron. Un día se escapó el hámster hijo y el padre, contra lo que pudiera parecer, en vez de quedarse tan tranquilo, se deprimió aún más. Tomé cartas en el asunto. Consultados los ecólogos más próximos, reunida la familia, y con tal de no escucharme más, se acordó la liberación de la familia hámster.

Por entonces, como les contaba la semana pasada, estaba yo siguiendo las sanas instrucciones de un libro de Feng Shui. Tiraba y tiraba cosas y no podía parar porque aquello me producía una felicidad asombrosa. Imagínense el placer de ver salir cajas llenas de libros malos y polvorientos, con títulos tales como “Aspectos jurídicos del carlismo en La Rioja”. En mi afán limpiador llegué a la cocina. Allí estaban las dos jaulas de hámsteres vacías. A la basura con ellas.

Días después fui a tirar un libro que se llamaba “El Hombre (con mayúscula) y el derecho”, tenía faltas de ortografía y de sintaxis, plagiaba mal y presuponía que el lector era tan imbécil como el autor. Estaba hojeándolo cuando una sombra negra pasó entre mis pies y se escapó por la terraza. Creí que era un ratón, porque las últimas páginas del mal libro estaban mordisqueadas y porque, por aquellos días habían abierto la calle Pavaneras y se contaba que cientos de ratas y ratones habían salido de las tuberías más profundas. Fui a la ferretería y compré una trampa. (Discusión con mis hijos. Decían que cómo me atrevía a decapitar a un ratoncito). El ‘ratoncito’ se comió el señuelo de la trampa y siguió vivo con el apoyo moral de mis niños, como en los dibujos animados. Llené entonces la casa de queso envenenado y se lo comió todo, tan campante.

La segunda vez que lo vi confirmé mis peores sospechas. Era gris, con pelos amarillentos de rata y cuerpo de hámster. Era hijo del hámster que se escapó y de una rata de alcantarilla. Estaba alimentado por venenos químicos e irritado conmigo por haberle quitado su mejor alimento: el libro malo. No quiero yo proponerles que quemen ningún libro pero sepan que, según el Feng Shui, la presencia de aquel ratón en mi casa indicaba una mutación genética de mi alma envenenada por haber leído tanta basura. Se lo digo porque ustedes pueden estar en peligro tanto si viven cerca de la calle Pavaneras, como si tienen basura mal plagiada en su estantería.


 

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