El nieto del otro

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Veo la fotografía del ataúd de Pinochet y las imágenes televisivas de los que celebran su muerte y no entiendo qué hay que celebrar. Imaginemos la siguiente maldición: morirás a los 91 años, rodeado por los tuyos, tranquilo y en tu cama y dejarás una impresionante fortuna oculta que garantiza la riqueza de tu estirpe por muchas generaciones. ¿Dónde está la maldición?

 

Es probable que el procesamiento de Pinochet y su detención en Londres hayan modificado la historia del derecho. En todo caso fueron episodios que produjeron gran satisfacción entre los juristas que trabajan con la óptica de la perfección del sistema de garantías de los derechos fundamentales. Pero no es buena noticia que el responsable de tantas muertes injustificadas, de tanta tortura y expolio acabe sus días sin condena. Podemos imaginar al dictador (dicen los biógrafos que era de espíritu cobarde) en las semanas más sangrientas de su represión: con toda seguridad habría firmado un final así.

Nada, por lo tanto, hay que celebrar aunque quedan dos consuelos: el primero es que no lo habría creído si le hubieran dicho en los días de su máxima soberanía que iba a ser detenido y humillado en Londres, por orden de un juez extranjero. Ni imaginárselo en aquellos días en que los muertos eran ya sólo un remordimiento de conciencia apaciguado por confesores castrenses y cuando ya se dedicaba tranquilo a la contabilidad de fondos expoliados a lo público y depositados en los sótanos de Suiza. El segundo consuelo es que junto con la inmensa fortuna lega a sus herederos la maldición de sus víctimas. Bajo la tierra seguirá siendo lo que fue en vida: un criminal y nadie que lleve su nombre será bendito.

Sin embargo, en lo estético, Pinochet era un personaje de opereta y, en lo ético, perderemos todo consuelo si nos imaginamos al senador norteamericano que urdió el golpe contra Allende. Podemos verlo en estilo cinematográfico: ya es un abuelo de pelo blanco, mirada tristona estilo Walt Disney. Ahí está, la cámara lo recoge sentado en el porche de su rancho, leyendo en el periódico la noticia de la muerte de Pinochet, seguro de que nadie sabrá nunca que ese bufón fue su marioneta asesina, seguro de que los suyos heredarán una considerable fortuna cuyo origen nadie investigará. Una sonrisa navideña se le dibuja en el rostro cuando se acerca su nieto y él lo vislumbra tomando posesión como senador, acaso incluso jurando como presidente de los Estados Unidos.


 

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