El dios de las palabras

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Estábamos entre amigos y era una noche cordial de vino e invierno. “Con las palabras –dijo de pronto el nuevo–, el hombre describe el mundo. Así que brindemos por las palabras”. Brindé, pero como estos días estoy revuelto y aforístico, no pude callarme. Le solté que estoy convencido de que, en realidad, el mundo y el hombre son una función de las palabras. Pareció interesarle mi opinión. Pero mi mujer ya me pedía con la mirada que me callara. Mis más viejos amigos comenzaron a irse a la cocina.



“Ya está el Serrano con sus cosas le oí decir a uno, y lo malo es que hoy tiene quien lo escuche”. Se referían al nuevo, joven y humanista, que ya había dicho que si no hubiera hombres no habría palabras. “Pero si no hubiera palabras -repliqué- tampoco habría hombres. Y para mí que no habría mundo”. Fue lo único que me dio tiempo a añadir antes de que alguien con mala idea me dijese: “Entonces quedamos en que el Barça va a ganar la liga. ¿O no, Serrano?”

Como ya no me podía escapar ni seguir con mi tema, me callé. Pero al rato se me ocurrió engañarlos con un juego. “A ver propuse yo digo un sustantivo y vosotros inventáis el verbo”. De florero: “florerear”, de vaso “vasear”, de cenicero “cenicerear”. Así dos o tres verbos más hasta que lo solté de corrido: es imposible construir en castellano verbos nuevos terminados en “er” o en “ir”. Os pongáis como os pongáis, hay una regla de la lengua que dice que todos los verbos nuevos son de la primera conjugación. Esa regla no es disponible por los hablantes del español. Luego no hablamos como queremos, sino que somos lo que la lengua quiere…

Con esto ya tuve que callarme para toda la noche, porque sólo logré la mirada aquiescente del amigo nuevo y humanista. Pero llevo toda la semana dándole vueltas al tema. Díganme ustedes si no han sentido a veces que cuando los humanos hablamos y escribimos, en realidad es la lengua la que habla y escribe a través de nosotros y de nuestros ordenadores. Y algo peor, díganme ustedes si no han sentido alguna vez que cuando se reúnen con sus amigos interpretan el papel que les asignan. Como en una historia de play back: alguien pone la música y usted sólo mueve los labios.

Pero, bueno, al fin y al cabo, lo mejor de los artículos de prensa es que los escribo solo y ustedes mis lectores, a diferencia de mis amigos, ni pueden interrumpirme, ni me conocen tanto como para dejar de leer en la primera línea. De manera que sigo por donde hubiera querido.

Por algún lado he leído que la gallina es una función del huevo. El huevo para reproducirse necesita el cuerpo de una gallina. Lo produce, lo utiliza, lo descompone y él así logra su duración. Pongamos las palabras en lugar del huevo y al hombre en lugar de la gallina y verán como esto es más inquietante de lo que parece. En realidad, podría ser que no existiera la luna, sino sólo lo que la especie ha dicho y escrito sobre la luna. Y peor, que no es que seamos primates que hablan, sino que somos para que la lengua se transmita.

Sin ir más lejos: en la universidad me han comprado un ordenador portátil maravilloso que se conecta sin cables a internet. Pero ando intranquilo con la sensación de que, en realidad, soy yo el adquirido por ese ordenador. Las mañanas de los jueves, lo enciendo y le ordeno que escriba un artículo de quinientas palabras para La Opinión, como si fuera mío. Obediente y mecánico, él sólo me pide la primera frase. Hoy le he dicho que sea: “estábamos entre amigos y era una noche cordial de vino e invierno”. El ordenador me ha cambiado invierno por otoño, porque todavía no hemos llegado al solsticio, y después, ya de corrido, ha terminado este artículo que ustedes también habrán leído de un tirón, sin saber, que en realidad sólo lo ha leído el dios de las palabras.


 

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