El despertador de Winnie the Pooh

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Al parecer este año por San Valentín se han vendido ciento cincuenta mil anillos play vibrations. Si usted, querido lector, no sabe de lo que estoy hablando, no espere que se lo explique yo. Primero porque para eso está el google y después porque yo me he enterado esta misma mañana. Lo que sí les aseguro es que va a compartir la perplejidad que inunda este relato. Mi hija de seis años se encaprichó con un despertador con forma de osito Winnie que había visto en un escaparate.

El caso es que en casa nos hacía falta un despertador antiguo de esos que suenan fuerte y mucho rato. Hasta ahora nos hacíamos despertar por el teléfono móvil, pero es demasiado fácil integrar en el sueño el sonido de un teléfono. Más de una vez me ha sonado el móvil a las 7 y media y he soñado que era una llamada publicitaria totalmente prescindible. A doce euros de taxi cada vez que perdemos el autobús del colegio, lo de comprar el reloj de Winnie the Pooh podía hasta salirnos rentable. Así que establecidas las condiciones para mi hija (el reloj es de la familia y no tuyo y, cómo valga más de 20 euros, nada) y aceptadas por ella nos encaminamos a comprar el despertador.

¿Saben ustedes lo que es un “dedito juguetón”? Yo tampoco lo sabía hasta que aquella mañana ví dos en el escaparate, junto al despertador del osito Winnie. Eran de una masculinidad tal que me despertaron el instinto de padre estrecho y por si hubiera objetos aún más expresos en el interior de la tienda, mandé a los niños a ver a un payaso callejero que actuaba en Bibrambla.

-¿Por qué no podemos entrar? -me preguntaron.

–Porque esta es una tienda para mayores” –respondí.

Mi hija pilló al vuelo mi contradicción:

–¿Desde cuando venden ositos de peluche y despertadores de Winnie the Pooh en tiendas para mayores?

–Es que esta es una tienda de amoríos –lo estropeé más áun.

Mi hijo mayor y sereno, con cabeza jurídica, me hizo un argumento a fortiori: había películas de amoríos, libros y telediarios de mayores… pero ¿tiendas de mayores? Si había entrado conmigo en bares atestados de los que huelen a cenicero ¿por qué no podía entrar en aquella tienda?

Ni aún sorprendido en su falta de coherencia, debe un padre reconocer su propia ignorancia. Cuando no hay buenas razones para explicar una orden se recurre a la justificación dinámica: “porque lo digo yo… porque soy tu padre… ¿a que no hay despertador?” Resignados mis dos príncipes se fueron a la plaza a ver al payaso.

Entré a la tienda, el reloj costaba 18 euros y no era un fetiche. Estaba pagándolo cuando una niña entró corriendo y se puso a hablar con una cabeza de ciervo que se movía para responderle. Yo no sé si la moda infantil tiene parámetros de ñoñería, pero si ustedes se imaginan los peores lazos y terciopelos, esos encajes para ir a misa de una en El Escorial, pues así vestía aquella niña. Detrás entró su madre que era una versión coherente de Carmen Polo, remedio contra la concupiscencia. Ya ustedes se están imaginando: que la niña ha salido corriendo y se ha colado en la tienda de amoríos, que a la madre le va a dar algo cuando vea el dedito con forma de pene que, hecha una fiera, va a sacar a empellones a su hija de este lugar de perdición… Pues no. Mientras que la niña terminaba de hablar con el ciervo, ella sopesó y miró con curiosidad e interés algunos juguetes eróticos. Allí estaba yo, padre estrecho que no sabe lo que vale un play vibrations (7 euros en la página web de Durex) y allí estaba ella con su atuendo del Madrid de los Austrias, dispuesta a saludar a un obispo, a manifestarse contra los homosexuales y a comprarse de camino un patito de látex, amarillo, con pilas, para el baño.


 

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