El arte del olvido y el arte del perdón

1379b5de7cb668c186ab48a9361eabd7

Me hablan de un gurú instalado en Granada y que practica el arte de la adivinación. Enseguida pido su dirección. El gran placer de las artes adivinatorias no está en verificar cómo aciertan o en demostrar que fracasan, sino en la verdad que transmiten: que el futuro es tan inamovible como el pasado, que ocurrirá lo que tenga que ocurrir, que hagas lo que hagas te equivocarás. La adivinación es por eso una fuente de serenidad.

Sostiene el detective Carvalho que hay que beber para recordar y comer para olvidar. Y como la gastronomía, la literatura y el arte también son para recordar. La memoria humana es sólo lo escrito, lo contado, lo esculpido, la música compuesta e interpretada. En la memoria ya no están la metralla, la sangre, el cuerpo muerto que vimos, la traición que padecimos. En la memoria sólo queda el relato cinematográfico de la metralla, la pintura al óleo de la sangre seca y oscura sobre la ropa del fusilado, la descripción literaria del dolor por la deslealtad o la música trágica que revive la pasión autodestructora de los celos. Es por eso por lo que define Gadamer el arte como demora. Visto desde el tiempo, el arte es la duración. No la supervivencia, sino la duración. No la lentitud, sino la demora.

La velocidad no es igual que la aceleración, el estrés no es rápido, la demora no es lenta. La rapidez no es lo contrario de la duración, lo contrario de la demora es la ansiedad, la desesperación. El ansioso sufre la pesadilla de un eterno presente, el artista goza en la demora. La angustia es sentir la vida tan corta, las horas tan largas. Por eso el arte cura la ansiedad, porque enseña a recordar sin angustia, porque enseña que ganar o perder da igual, porque ocurrió lo que ocurrió, porque tenía que ocurrir y porque tú fuiste valiente, incluso en la elegancia que mantuviste cuando te comunicaron su peor traición.

El problema sólo se da cuando recordar es odiar, cuando recuerdas y no perdonas, cuando la disyuntiva es odiar u olvidar. El que odia se convierte en esclavo de la persona odiada, pero el que olvida anticipa el mármol de su propia muerte. Si la alternativa es binaria, o la esclavitud o la muerte, la opción del valiente y del digno es nítida. Pero acaso entre ambas se abran terceras y tortuosas vías: recordar y perdonar, sería una. Intentar el olvido sin muerte, sería otra. El arte sin perdón, o sea, el arte del olvido. Si ustedes saben de algún gurú que lo enseñe, les ruego que me manden la dirección. Con relativa urgencia. Gracias.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>