El andamio negro

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La ciudad como el cuerpo humano tiene piel. A veces en la piel humana ocurren cosas bellas, como un lunar preciso en la comisura de los labios de una joven, o una arruga justa que muestra que se ha vivido. A veces en la piel humana ocurren cosas sin importancia, como una espinilla tonta que se quita con el viento, o un granito negro que tu amiga te extrae con dos uñas agudas y precisas. Y otras veces, en la piel ocurren cosas muy serias: como la propia identidad, el yo-piel, o el síntoma de una enfermedad terrible, o una mancha oscura que se extiende sin parar hasta convertirte el rostro en un demonio de iglesia gótica.

De la misma forma, en la piel de la ciudad ocurren a veces cosas bellas: un ciudadano pintó de color lila el dintel de unas ventanas del Albayzín y, de pronto, la plaza entera parecía acogedora. Al final de la calle Molinos, un artista al que habría que nombrar jefe del servicio de dermatología municipal ha convertido los feos cables de una fachada en una jirafa digna de Barceló o de Jesús Conde. Y un filósofo desocupado escribe por las paredes con un molde: “el todo es lo no verdadero”, y te dan ganas de exigir que sobre esas pintadas recaiga la declaración de bien de interés cultural. Ayer mismo, en la Carrera del Darro, quitaron una tela verde que cubría un andamio y apareció debajo una fachada de color ocre con motivos de la mitología griega. El próximo miércoles, al atardecer, cuando la procesión de los gitanos se acerque a la Carrera, los últimos rayos de sol nos permitirán apreciar el contraste entre Hércules y la Virgen del Consuelo. Por un momento podremos pensar en Isis y en Tartessos, y podremos creer que vivimos a la orilla de un afluente del Nilo.

Pero más abajo, en la misma Carrera, justo antes de llegar a la Plaza de Santa Ana, hay una tela negra y raída que cubre un andamio. Se dice que los propietarios mandaron poner el andamio innecesario para fingir ruina y librarse de una inquilina. Hace dos años de esto. Repito: dos años para un andamio sin obra. Tanto tiempo que, en realidad, ya no hay una casa cubierta por una tela negra, sino sólo una mancha oscura en la piel de la ciudad que debe de ser síntoma de una enfermedad terrible del alma urbana. Si pasan junto al andamio y prestan atención, además de ver la fealdad de la piel del demonio, percibirán un olor negro y oirán un ruido húmedo: es el roer continuo de las ratas.

El próximo jueves, la Concha, la Aurora y la Estrella, las tres vírgenes del Albayzín pasarán junto al andamio negro. Veremos entonces en el contraste a la Granada real. Y es por eso por lo que tal vez sea mejor no quitar nunca la espantosa tela negra que cubre el andamio, debajo no aparecería una casa con frescos en la fachada, sino un cuerpo blanquecino y deforme, hinchado por la humedad y mordisqueado por las ratas.


 

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