El alma retrasada

9b2c4b44fb86522964124ed80d03c5e8

Durante sus viajes por la Amazonia, los indios xavantes se detienen de vez en cuando durante unas horas para aguardar a que los alcance el alma. Mi cuerpo volvió ayer de Latinoamérica, pero mi alma debe andar cruzando el Atlántico. Ya sé que esto se llama jet lag o fuso horario, pero a mí me gusta más explicarlo con la hipótesis india del alma retrasada. En los viajes transoceánicos unas horas de espera no bastan, y es preciso aguardar al alma durante varios días. En ese tiempo se corre el riesgo de que un dios menor te ocupe el hueco del alma y te engañe.



Esta mañana desperté en una casa que se parecía en todo a la mía: color de las paredes, distribución de los muebles y de las luces, ventanas, libros, olores y balcones. Busqué la cafetera y el tostador y estaban donde están el tostador y la cafetera de mi casa. Después busqué las aspirinas y estaban en la misma caja de lata donde se guardan las aspirinas en mi casa. Bajé a comprar el periódico y la torre de Santa Ana seguía donde siempre. Si estuviera en Sevilla sería la torre más bonita del mundo, aquí simplemente es tapada por un enjambre de semáforos y objetos que también sirven para quitarle a Plaza Nueva la condición de plaza y convertirla en un “intercambiador de transportes” digno de Leganés. En las mesas de una cafetería encuentro sentados a unos amigos que se parecen en todo a los míos. Tomaban cafés y aspirinas y hablaban de resacas, conciertos y concejales. He estado a punto de creer que eran mis amigos de verdad, pero enseguida he recordado que un dios menor lleva todo el día intentando confundirme. La calle Elvira sigue arruinada y el semáforo de Gran Vía sigue abriendo diez segundos para los ciudadanos y noventa para los coches.

Después de comer he dormido una siesta pesada y me he vuelto a despertar en esta casa que se parece en todo a la mía. He buscado la sal de frutas y no había, como siempre pasa en mi casa. Ahora voy a bajar a la farmacia a buscar la sal de frutas y a la vuelta voy a exigirle al dios menor que me devuelva mi casa, mi alma y a mis amigos. La ciudad en la que vivo no se la voy a exigir, se la puede quedar entera porque está horrible: el río sigue embovedado, y el Zacatín no llega hasta Plaza Nueva. Si un duende andaluz o un dios menor quisiera arreglar esta ciudad abriría el río Dauro hasta el Genil, llevaría el Zacatín hasta Plaza Nueva y pondría tranvías para subir a la Alhambra o bajar a la Vega. Mientras tanto que se quede para él esta ciudad tan fea en la que vivo y que se parece en todo a la mía.


 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>