Diario de un padre feliz

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9 de diciembre.- Globalización es que mi mujer se entera de que he perdido y encontrado la maleta porque lo lee en esta mi columna de La Opinión. Globalización es que yo estoy aquí con camiseta de tirantes, treinta grados y humedad y ustedes me están leyendo ahí, en esa ciudad de nuestros dolores, bajo cero y ya en plena secuencia de cenas y almuerzos de fraternidad. La verdad es que esto es sólo lo bueno de la globalización. Globalización también es el cambio climático que ha secado el Amazonas.

21 de diciembre.- Llegan mis hijos. Por fin. Casi tres semanas sin verlos y aquí están. Los veo bajando del avión y cruzando la pista. Van quitándose capas de ropa a medida que se acercan a la cinta de los equipajes. Vienen del grado bajo cero en las mañanas de Plaza Nueva y llegan a la isla de Santa Catarina en el día más largo del año. Me empeño en coger en brazos al mayor que tiene nueve años y debe de andar por el metro y medio de estatura. Él se deja elevar resignado, pero a mí me cruje la espalda.

Por la noche vamos a cenar a Ostradamus un restaurante especializado, como su propio nombre indica, en ostras. Mi hija de seis años me acusa de estar diciendo palabrotas. Le digo que ostra no es una palabrota. No me cree. “No es lo mismo ostras que hostias”, le explico. “Ya has dicho dos palabrotas”, me dice ella, que ve motivo suficiente para denunciarme ante su madre: “Papá no para de decir tacos”. “No he dicho ninguna palabrota -me defiendo-, porque ni ostra ni hostia son palabrotas. Hostias es lo que dan en la misa”. “¡Que los curas te pegan? Mamá, papá dice que en las misas te pegan”. Nos reímos y me rindo, pero nos comemos una docena de palabrotas gratinadas y otra docena al catupirí. Otro día les mando la receta.

22 de diciembre.- Ahí deben de estar pregonando el gordo de la lotería, pero yo estoy aquí sentado en el embarcadero mirando a mis hijos que juegan en la playa. Los hemos embadurnado de crema porque el agujero de la capa de ozono es más grande en el hemisferio sur y es el día más largo del año por este lado del planeta. No puedo dejar de mirar a mis hijos. Tenía tantas ganas de estar con ellos que ahora cuando los veo correteando por la arena y jugando con las olas, comienzo a reír. “¿Por qué te ríes?” -me pregunta mi mujer. Porque soy feliz -respondo y recuerdo enseguida la canción de  Pablo Milanés: soy un hombre feliz y sólo quiero que me perdonen por este día los muertos de…  la globalización y el cambio climático.


 

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