Gracias, Aznar. Diario de un escritor agradecido

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Miércoles 22 de septiembre. Tengo que acabar. Desconectaré el teléfono. Me iré a un cortijo, pero tengo que acabar, porque va para dos años que empecé una novela, que hoy por hoy mide 28 folios. Nunca había escrito tan despacio. El primer obstáculo es que, por exigencias editoriales, los personajes me vienen dados por la historia y eso me obliga a estudiar. El segundo problema es que lo que estudio es el siglo XI y, claro, a la tercera, los amigos me ven venir y huyen.

Ya salí dibujado en una novela de Miguel Fernández, como un tipo al que le das cuerda y te cuenta el reinado de Witiza. Por la calle, me tropiezo con un conocido y comienzo a largarle un discurso sobre la ausencia del ADN bereber en la población granadina del XVI. A mi hija, que tiene cinco años, conseguí chantajearla y, a cambio de unas chuches, se quedó sentadita cinco minutos en una silla oyendo la relación de los apellidos y títulos de Almanzor. A mi mujer, cuando llega fundida a casa después del trabajo, la acorralo mientras come, porque estoy seguro de que no se puede levantar. Empiezo a hablarle de las tortuosas relaciones de Zawi, primer rey de Granada, con su sobrino Habús, gobernador de Jaén, y ella mastica despacio y finge un interés inusitado: “¿No me digas que también era gobernador de Iznájar? ¡No me lo puedo creer! ¡Pero qué interesante, chico!”. Un día entré en una página web vasca y leí que ofrecían la ruta del moro (?) Almanzor a caballo y me dí a los gritos: ¡Calatañazor es mentira!¡El gran camarlengo de al-Andalus, le hizo cincuenta y dos guerras a los eslavos trinitarios del norte y las ganó todas!”. En otra ocasión leí que Letizia piensa llamar Pelayo a su primer hijo, y me puse a gritar: “¡Esto es intolerable! ¡Don Pelayo es mentira y Covadonga más! ¡Viva la república federal!” Mi mujer entendió que Letizia no estaba embarazada y que de ahí deducía yo un motivo para la proclamación de la república. Se interesó por mi razonamiento, pero cuando vio que se trataba de un malentendido me dijo: “Chico, Tienes que acabar esa novela, ya ¿A quién le importa lo que pasara en Covadonga?”

Pues, mira por dónde, resulta que he encontrado a alguien a quien le interesan estas cosas: el mismísimo Aznar. En Georgetown ha dicho que el problema de España con Al Qaeda no comenzó el 11 de marzo, sino hace 1300 años cuando los moros nos invadieron, y España se negó a ingresar en el mundo islámico. Creo que no se pueden decir más disparates en una sola frase. Ha dicho que el califato, las taifas, y el reino de Granada son gérmenes responsables del 11M, que la continuidad de la Hispania romana y del reino visigodo de Toledo, no está representada por al-Andalus, sino por cántabros, vascones y astures que no fueron ni romanizados, ni gobernados por los godos… Me pone malo este patriotismo geológico. Pero eso es lo de menos. Estoy deseando que llegue mi mujer para demostrarle que por lo menos hay otro interesado en hablar de Covadonga y Calatañazor.
Y esta misma tarde le escribo a Ansar (dixit Bush), para contarle que su nombre es bereber; que la huella genética de los árabes en Andalucía es insignificante; y que los astures llamaban españoles a los repobladores llegados de Elvira que dieron el nombre de Castilla (Qastilia) a la comarca de Vardulia. Añadiré que los liberales nunca han hablado de ADN (como Arzalluz), raza (como Franco), o condición, sino de ciudadanía, derechos y libertades. Que la tradición constitucional española nunca ha sido etnicista, ni nacionalista (como Aznar), y que nunca ha necesitado creerse la falsa leyenda de la Reconquista. Como leyenda fundacional del estado, al constitucionalismo avanzado le bastaba con el artículo 1 de la Constitución. Hasta que llegó él y se puso a hablar en Georgetown, para satisfacción de este atormentado escritor. Gracias Aznar.


 

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